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ES AHORA, SOMOS NOSOTROS

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“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrara en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna" (1 Timoteo 1:15, 16).

Pablo era la evidencia de que el evangelio funciona transformando vidas. Él no se cansaba de dar testimonio. Antes había sido blasfemo, porque había negado la divinidad de Cristo, y había utilizado toda su influencia y sus fuerzas para destruir el evangelio y la iglesia, con persecución y muerte. Fue injuriador, implacable, soberbio, violento, un ignorante e incrédulo, ciego a la verdad. Esteban lo supo y lo sufrió, entre tantos otros.

Pablo declaró que se requirió una gracia abundante para salvarlo. Él usaba el superlativo, sentía que las palabras no alcanzaban para expresar todo. Seguía considerándose el primero de los pecadores. No dice “fui” el primero; dice "soy" el primero. Este es un mensaje de ánimo: si hubo esperanza para él, la hay para todos.

Pablo se transforma de un perseguidor a un predicador, de un asesino a un pastor, de un comisionado para el mal a un misionero para el bien, de un fanático del formalismo a un heraldo del cristianismo.

Debemos vivir la misma pasión que vivió Pablo. Esa que también sintió la División Sudamericana (DSA). Con el apoyo de todas las uniones y las instituciones, sentimos deuda y gratitud por los sacrificados pioneros que un día llegaron a nuestras tierras con el mensaje del evangelio. Por eso, enviamos a lugares desafiantes y sostuvimos por 5 años a 25 misioneros y sus familias. Por motivos obvios, guardamos sus nombres, pero agradecemos a Dios por haber sido colocados en las manos del Señor para cumplir la misión.

Hay historias de milagros y de luchas. Un matrimonio perdió a su segundo hijo a los diez días de vida. Fue una lucha sepultarlo, porque ningún cristiano podía ser recibido en aquellas tierras. Otros tuvieron que aprender idiomas, culturas, comidas, amistades, diferentes. Muchas conquistas ya ocurrieron en muchos lugares: son vidas transformadas e incorporadas al Reino de Dios.

¿Qué mueve a alguien a salir de su zona de comodidad e ir a zonas desconocidas necesitadas y desprovistas del evangelio? ¿Qué mueve a los que no van, pero apoyan con recursos y oraciones? ¿Qué mueve a los que se quedan donde siempre estuvieron a vivir su fe de manera comprometida y fiel? ¿Nos estamos moviendo? ¿Cuántas personas contactamos, influimos en ellas y estudiamos con ellas la Palabra para llevarlas a Jesús?

En su momento, Pablo y los misioneros para el mundo ya respondieron. Ahora la respuesta es nuestra.

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