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UNA BANDERA ENSANGRENTADA

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"Todos los que están bajo el yugo de esclavitud, tengan a sus amos por dignos de todo honor, para que no sea blasfemado el nombre de Dios y la doctrina” (1 Timoteo 6:1).

En el último capítulo de 1 Timoteo, Pablo escribe a los trabajadores, a los impíos, a los sabios y a los ricos, a la iglesia y a la comunidad.

A los trabajadores, el apóstol les dice que sean fieles, para que el nombre de Dios no sea difamado. A los impíos, apela porque niegan la fe; son orgullosos, codiciosos y causan confusión. En cuanto a los sabios, ejercen la piedad y el contentamiento. A los ricos, les advierte que el amor al dinero es la raíz de todos los males.

Pablo le dice a Timoteo que huya del mal y siga el bien, que libre el buen combate de la fe, cumpla fielmente su ministerio y rechace las vanas filosofías. Esto solo es posible si lo hacemos por Dios y para Dios, porque solamente él es omnipotente, Rey, Señor, invisible e inmortal.

Por muchos años, la iglesia oraba y soñaba con tener un templo en el centro de la capital argentina. Los costos eran muy elevados; y los recursos, muy escasos. Pero nada es imposible para Dios. Así, se consiguió una propiedad de cuatro pisos, con excepcional ubicación, a treinta metros de una famosa avenida central y a setecientos metros del emblemático obelisco de Buenos Aires.

Fuimos, con la Junta dela Asociación, para observar y decidir. Ese día, el lugar estaba sin luces, con velas y en penumbras. Caminamos por el interior del salón de la planta baja. Para nuestra sorpresa, dibujos demoníacos “adornaban” las paredes. En la zona de los baños, el lugar reservado para damas decía “Satana” y el lugar reservado para varones decía “Satán”. En el suelo, encontramos volantes de publicidad de un lugar bailable llamado “Satanasa”.

¿Compraríamos aquella propiedad? Salimos a preguntar a los vecinos qué imagen tenían del lugar. Todos dijeron que parecía que allí había un centro de diversión para jóvenes, pero que nunca funcionó.

Oramos, y decidimos comprar ese lugar. El enemigo quiso tener esa propiedad, pero el Señor la adquirió y puso su allí su bandera ensangrentada. Donde Satanás quería destruir vidas, hoy hay un cartel que dice “Un lugar donde encontrar esperanza", cumpliendo el propósito divino de buscar y salvar.

La misma lucha se libra en todos: patrones, empleados, pobres y ricos, sabios e impíos. Somos propiedad de Dios por creación, redención y, en breve, por glorificación.

Que tu vida sea un templo en el que siempre flamee la bandera de un lugar donde encontrar esperanza.

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