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CON EL SACRIFICIO DE UN SOLDADO

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“Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Timoteo 2:3, 4).

Es difícil ser un buen soldado. La consagración, la lealtad y el compromiso, así como el vigor físico, son requisitos básicos del servicio genuino. Ninguno que sirve como soldado se enreda en otros negocios. Nada lo distrae ni divide su tiempo, ni desgasta sus energías. El servidor de Jesucristo debe dedicarse a la única y gran misión de predicar el evangelio. Además, para discipular, es necesaria una entrega completa a la misión.

Es cierto que a veces quizá sea necesario que se ocupe de alguna actividad secular, como fue el caso de Pablo cuando fabricaba tiendas. Pero, en casos tales, la actividad secular no es sino un medio necesario para el gran fin de predicar con eficacia el evangelio.

La principal preocupación debe ser agradar y servir al que lo contrató para cumplir la misión. Esto requiere pagar un precio. De todas las ocupaciones, la del soldado es la más sacrificada. El discipulado tiene un precio, y como el soldado tenemos que estar dispuestos a pagarlo.

Pablo vivió en tiempos fuertes del Imperio Romano, en un Estado militar y muchas veces fue preso; por eso usa esta ilustración muy cercana a él. No sabemos cuántos soldados custodiaron al preso Pablo, pero estamos seguros de que todos escucharon y vieron su testimonio. Un soldado de Cristo se debe al Comandante y también se debe al ejército. Pablo sufría y vivía por Cristo y por la iglesia.

Se cuenta que, en cierta ocasión, el caballo del emperador Napoleón se desbocó. Entonces, un arriesgado soldado pudo detenerlo. Napoleón saludo al soldado: “Gracias, mi capitán”. El soldado, sorprendido, preguntó: “¿De qué regimiento, mi Emperador?" El Emperador le contestó: “De mi guardia personal”. Poco después, el soldado se presentó como capitán ante el jefe de la guardia personal de Napoleón. El oficial, viéndolo con uniforme de soldado, le preguntó: “¿Capitán? ¿Por órdenes de quién?” El soldado respondió: "Por órdenes de mi Emperador, Napoleón".

Realmente maravilloso y sublime es que podamos ser soldados del Capitán Jesús. Todos podemos y debemos vivir como fieles soldados, sabiendo que “un verdadero soldado no se esconde del combate, va a la lucha, arriesgando su propia vida” (Marylane Gifone).

Elena de White pregunta: “Y ¿están ellos dispuestos a compartir la suerte de un soldado, tal como Cristo les dio un ejemplo en su vida de abnegación y sacrificio?” (Servicio cristiano, p. 45).

La respuesta es tuya.

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