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CON LA PERSEVERANCIA DE UN ATLETA

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“Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente" (2 Timoteo 2:5).

Para que un entrenamiento se realice con garantías, es necesario respetar el principio de cargas progresivas. El deportista necesita un período de adaptación a cada nueva tabla de ejercicios. Además, es fundamental empezar de menos a más, lo que permite al organismo la asimilación del trabajo realizado para evitar problemas de sobre entrenamiento o lesiones producidas por la sobrecarga o la fatiga. Por otra parte, los entrenadores deben ayudar durante la ejecución del ejercicio, vigilando en todo momento la salida de la prueba para poder evitar lesiones.

Cada atleta presenta unas características peculiares para la realización del ejercicio. El entrenamiento con garantías de salud para el deportista se debe apoyar en dos pilares: la preparación genérica de todas las capacidades físicas básicas del deportista y el entrenamiento específico que desarrolle las cualidades físicas según cada deporte. Se requiere perseverancia en la formación de un atleta, tanto del atleta como del entrenador. Esta misma perseverancia y persistencia se requiere en la formación del discípulo. El atleta que viola las reglas de la competencia es descalificado. El que se hunde es sus vicios e indisciplina no tiene chances.

Jim Thorpe (1887-1953) fue un atleta estadounidense que ganó medallas de oro olímpicas en las pruebas de pentatlón y decatlón, además de jugar al fútbol americano, béisbol y baloncesto en los niveles universitario y profesional. Fue reconocido como el atleta más grande de la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos.

Perdió sus títulos olímpicos tras descubrirse que había cobrado por jugar en ligas menores de béisbol antes de competir en los Juegos Olímpicos. Su carrera deportiva profesional fue truncada y vivió sus años finales en la pobreza, sufriendo de alcoholismo crónico. En 1983, treinta años después de su muerte, el Comité Olímpico Internacional le devolvió sus títulos olímpicos.

Para que la corona sea válida, la lucha tiene que ser legítima. Aquel que lucha legítimamente llega a la meta y es aplaudido como ganador. “A plena vista de los espectadores, el juez le otorgaba los emblemas de la victoria: una corona de laurel, y una palma que había de llevar en la mano derecha. Se cantaba su alabanza por toda la tierra; sus padres compartían su honor; y aun la ciudad donde vivía era tenida en alta estima por haber producido tan grande atleta” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 250).

En breve, y a la vista del Universo, el Juez en su Trono te otorgará la corona de la vida.

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