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"VAMOS A TERMINAR JUNTOS LA CARRERA"

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“Te suplico encarecidamente delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su Reino, que prediques la palabra y que instes a tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4:1, 2).

Segunda de Timoteo es la última carta de Pablo y se convierte en su testamento para Timoteo y para toda la iglesia cristiana. Allí, el apóstol enfatiza la necesidad de predicar la Palabra de Dios para corrección, reprensión y aliento. Le pide a Timoteo que predique siempre con urgencia y que sea un evangelista.

Además, hace una doble advertencia sobre la apostasía: un día algunos se volverán contra la sana doctrina y a favor de la doctrina satánica. Así, transmite su propio testimonio de haber peleado el buen combate, completado la carrera y guardado la fe, en la seguridad de la corona de justicia prometida. También tiene tristeza por el abandono de Demas y otros amigos, y alaba a Dios, que lo libro de la boca del león y que lo conducirá al Reino de los cielos.

Derek Redmond era un atleta que se había preparado toda la vida para competir en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992. Había tenido cinco cirugías, pero no desistía. Era el favorito al oro en su especialidad. Toda la carrera fue excelente, pero... a solo 150 metros de llegar a la meta, sintió un dolor intenso en el músculo. Luchó. Hizo un último el esfuerzo, pero no pudo.

De repente, cayó al suelo con dolores insoportables. Cuando el equipo médico se acercó, él decidió ponerse de pie. Quiso llegar, aunque fuera caminando. Lágrimas de dolor e impotencia inundaban su rostro.

La carrera había terminado y sus sueños estaban rotos, pero él decidió continuar. En ese momento, un hombre se abrió camino en medio del público. Era su propio padre, Jimmy Redmond. Se acercó a su hijo y le dijo: "Quédate tranquilo. No necesitas probarle nada a nadie”. Derek le respondió: “Papá, tengo que terminar la carrera”. El padre abrazó a su hijo y le dijo al oído: “Vamos a terminar juntos la carrera”.

En la carrera de la vida cristiana, no gana solo el primero. Ganan todos los que perseveran fielmente hasta el final. Tal vez te sientas herido y lastimado. Tal vez estés sin fuerzas para seguir. Mira a Pablo. Incluso encadenado, corrió por Dios y estaba seguro de su corona.

No importa tu situación actual. Tu Padre celestial está a tu lado. Él te dice: “Vamos a terminar juntos la carrera”.

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