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DESEOS CELESTIALES

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“La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14).

La gracia de Dios se ha manifestado en la encarnación de Cristo. Pablo siempre lo reitera, pues exalta al Salvador. Esa gracia transforma vidas. El ideal de una victoria solo es posible refugiados en la gracia de Cristo. El apóstol plantea los no y los sí. Vaciarse para llenarse. Morir para vivir. Renunciar a la impiedad y los deseos mundanos significa abandonar todo lo que no podemos contarle a Dios y que no vamos a poder llevar al cielo.

Pero, no basta con renunciar. Hay que vivir sobria, justa y piadosamente; es decir, de manera sensata, responsable, a la luz de la Palabra, sin fingimientos y auténticamente. Es por el Cristo encarnado, que ya vino; y por el Cristo que ya viene. Es por lo que sucedió en la Cruz que la gracia nos es ofrecida. Es por quien viene en las nubes que la gloria nos será concedida.

Él se dio a sí mismo por nosotros. Nosotros aguardamos y apresuramos. Nuestro destino no son nuestros restos en un cementerio, sino nuestra vida en el Paraíso.

Elena de White dijo que se puede juzgar a las personas por sus deseos". Pablo dice que renunciemos a los deseos este mundo. La mensajera del Señor reiteraba sus deseos: Quiero ser como él. Deseo practicar sus virtudes. Deseo estar entre aquellos que tendrán sus nombres escritos en el Libro y que serán rescatados. Quiero la recompensa del vencedor. Deseo que mi tesoro esté en el cielo. Deseo estar con él por las edades sin fin de la Eternidad. Deseo conocer más y más de la Palabra de Dios. Deseo tener un hogar con los bienaventurados y quiero que tú tengas un hogar allí.

En sus últimos años de vida, Elena de White todavía desempeñaba un papel activo en la preparación de libros. A menudo cantaba un antiguo himno adventista, “La tierra mejor", escrito por William H. Hyde, quien compuso las palabras después de haber oído a Elena describir una visión que había recibido en la primavera de 1845 (véase Testimonios para la iglesia, t. 1, pp. 69-71). “Ella a menudo se detenía en la última parte”, comenta el hermano Hyde. "Estaremos allí, dentro de muy poco estaremos allí. Nos uniremos a los santos y bienaventurados. Tendremos la palma, el manto, la corona. Y descansaremos por siempre”.

Si de verdad queremos ir al cielo, cambiemos nuestros deseos y comportamientos mundanales por deseos y comportamientos celestiales.

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