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Cambia tu lente

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«Te aconsejo que de mi compres oro refinado en el fuego, para que seas realmente rico; y que de mi compres ropa blanca para vestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y una medicina para que te la pongas en los ojos y veas». (Apocalipsis 3: 18).

HACE UNOS DÍAS asistí a mi cita periódica con el oftalmólogo, atendiendo a su recomendación. Me dijo que, cada dos años como máximo, los lentes deben ser revisados para cambiar su graduación. Me sentía bien con mis lentes; yo creía que me ofrecían una visión clara y nítida, y pensé que era innecesaria la revisión. Sin embargo, ya en el consultorio y tras haber hecho las pruebas pertinentes, me di cuenta de que me hacía falta un cambio de lentes. No vemos lo que no podemos ver.

De repente, todo parecía tener una nueva luz, un nuevo brillo; ahora veía los pequeños detalles de los objetos que me habían pasado desapercibidos sin darme cuenta. Al mirarme al espejo descubrí rasgos en mi rostro que no sabía que tenía: unas cuantas arrugas que yo no había visto pero que sí, allí estaban; y me descubrí lanzando una exclamación de sorpresa. Indudablemente, era necesario el cambio. Mi conclusión fue: «Las cosas no son como yo las veía».

Apliquemos esta experiencia al ámbito espiritual. A veces pasamos la vida con una visión borrosa de la realidad. Juzgamos en función de lo que «vemos», y así mismo opinamos. Incluso amamos a través del filtro de nuestra propia lente, sin preguntarnos si realmente lo que vemos es lo que es. Nuestra visión debe ser renovada, ahora lo comprendo claramente. Para ello tenemos que acudir a la consulta del oftalmólogo celestial, nuestro Dios. En su sabiduría, perfeccionará nuestra visión, y veremos con los ojos del discernimiento espiritual lo que no sabemos ver por nosotras mismas, con nuestra mirada carnal. Nuestra mirada será entonces más empática. Veremos a los demás como Dios los ve. Y descubriremos «arrugas emocionales y espirituales» en nosotras mismas que nos devolverán la humildad. Esa humildad que es la clave de la vida cristiana.

Si tu visión está empañada por un pasado de vergüenza, traumas, desilusiones y fracasos, y estos no te dejan vivir el presente ni mirar con optimismo el futuro, no repartas culpas ni te escondas tras excusas. Ve al consultorio del divino médico, clama por restitución y toma responsabilidad de tu vida. La mirada corregida por el poder de Dios te hará sensible, misericordiosa y equilibrada; podrás trabajar en ti misma y dejar atrás la arrogancia.

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