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¿Sexy o femenina?

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«Los encantos son una mentira, la belleza no es más que ilusión, pero la mujer que honra al Señor es digna de alabanza. ¡Alábenla ante todo el pueblo! ¡Denle crédito por todo lo que ha hecho!». (Proverbios 31:30-31).

MENTRAS ESPERABA en una tienda, me topé con el título de un libro que llamó mi atención: Cómo ser una mujer sexy. Me adentré un tanto en la lectura: «La mujer sexy es aquella con originalidad erótica, que explota sus puntos físicos fuertes e invita al “amor” con sutileza femenina». Entonces, la mujer sexy es la que anda por doquier invitando al «amor erótico» usando sus atributos físicos. El autor me quedó debiendo mucho.

¿Y lo demás? La inteligencia, la delicadeza, el discernimiento, la ternura, los valores, el cuidado personal, la discreción..., ¿dónde dejamos todo eso? ¿Acaso no está en el rango de lo femenino? O, yéndonos al otro extremo, ¿será que la mujer femenina no debe preocuparse por el peinado, el vestido, el calzado, el cabello ni los perfumes? ¿Dónde está el equilibrio?

Somos poseedoras de lo femenino por creación, como un don de Dios. Lo femenino es lo que nos hace diferentes, nos da identidad; debemos apreciarlo y resaltarlo en nuestra personalidad. Eso incluye el cuidado del cuerpo, de las emociones y del intelecto. Creer que solo la exaltación de los rasgos físicos nos da valor nos convierte en mujeres banales y superfluas, y a la larga nos dejará un gran vacío.

Ser mujer es un arte que todas podemos cultivar, y un don que debemos desarrollar con responsabilidad. Hemos sido equipadas por Dios para eso. Somos poseedoras de una naturaleza exquisita, de habilidades sociales, espirituales y emocionales muy interesantes; si las ejercemos con prudencia y humildad, seremos tratadas con respeto y recibiremos la bendición de Dios.

Comprometámonos ante Dios y con las siguientes generaciones a modelar con dignidad lo que es ser mujer. Hoy, cuando lo femenino es despreciado por muchas y distorsionado por otras tantas, nosotras, las mujeres cristianas, somos instrumentos de Dios para rescatar la verdadera femineidad.

Antes de iniciar las actividades de este día, mírate en el espejo. Péinate con gracia, vístete con sentido común, resalta la belleza de tu figura cuidando lo que comes, pero, por sobre todas las cosas, mírate como una hija de Dios y alábalo por la forma como te hizo. Que tu reflexión sea: «Me observo animada ante un espejo, que me ilumina con un hermoso reflejo. Veo salir de mi alma brotes de amor, semillas sembradas por el Señor» (Consuelo Sánchez).

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