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Somos hijas de Dios

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«Es Dios quien nos ha hecho; él nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, siguiendo el camino que él nos había preparado de antemano». (Efesios 2:10).

MUCHOS ARGUMENTAN que los seres humanos fuimos lanzados al mundo, donde cada quien debe, con responsabilidad personal, I V llegar a ser lo que desee ser. Sin embargo, la postura cristiana del origen y el propósito del hombre está definida en la Palabra de Dios. No hemos sido lanzados a este planeta y abandonados a nuestra suerte; contamos con la provisión divina a cada paso que damos. Su promesa es: «Echad toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 Ped. 5:7, RV95).

Hay tres preguntas que todo ser humano debe responder para encontrar el propósito de su vida. La primera es: ¿quién soy? Si no tenemos respuesta a esta pregunta, seremos como náufragos en el mar de la vida. La respuesta mana de labios de nuestro Hacedor: «Sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Ped. 2:9, RV95).

Cimentados en nuestro origen, estamos en condiciones de responder a la segunda pregunta: ¿para dónde voy? En este planeta maltratado por los seres humanos, el futuro parece a veces incierto; en respuesta, Dios dice: «Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo» (Fil. 3: 20, RV95). Tener la seguridad de que somos hijas de Dios y de que nuestro destino final es su reino nos pone de frente a la tercera pregunta: ¿qué estoy haciendo aquí?

Eres hija de Dios y tienes un destino final junto a tu Creador; sencillamente eres embajadora del reino y los que viven contigo tienen que verlo expresado en tus palabras y hechos. Dios te dice: «Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Tim. 2:1-2, RV95).

Dios nos ha equipado para cumplir este ministerio, «pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio» (2 Tim. 1:7), «para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien» (2 Tim. 3:17).

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