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Siembra hoy para cosechar mañana

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«Cuiden mucho su comportamiento. No vivan neciamente, sino con sabiduría. Aprovechen bien este momento decisivo, porque los días son malos». (Efesios 5:15-16).

HACE ALGUNOS MESES tuve la oportunidad de volver a la casa de mi infancia. Era un deseo que tenía pendiente y que, al fin, despuésde muchos años, pude concretar. Contemplar la puerta desgastada y en ruinas de la entrada de la que fue mi casa me hizo ir atrás en el tiempo, y en alas de la imaginación pude ver la figura menuda de mi madre esperando con ansias a los hijos. La imagen que tengo de mi padre es débil, pues se esfumó con el paso del tiempo. Mi propia imagen, la de la niña rebelde, también desaparece en una estela de olvido.

Fueron muchos los años vividos allí, con recuerdos que no se van, de momentos tan especiales como la Navidad comiendo los guisos de mamá y admirando el árbol cortado por papá. Al final, en un suspiro, pude decir adiós a mi casa, a mis padres, a mi hogar; el tiempo se fue y no me esperó. Luego pensé: cuántas cosas me faltaron por hacer, cuántas palabras no dije, cuántos enojos tontos, cuántas «gracias» que nunca di...

Sí... Hoy es el día en que hemos de vivir disfrutando intensamente las experiencias agradables y aprendiendo de las equivocaciones; es el día de mirar a nuestros amados conscientemente y de expresarles con palabras y hechos lo que significan para nosotros. Es el momento de hacer que, cuando los que hoy están se hayan ido, los brazos no queden vacíos.

Hoy es el día para reír con el que está contento y llorar con el que trae en el corazón una tristeza no expresada. Es el tiempo de jugar con el niño, pues gracias a él, el alma se mantendrá joven. Es el día de soñar con el hijo adolescente para no perder las ilusiones; de agradecer al esposo, que tras cada largo y arduo día de trabajo regresa a casa, trayendo el sustento para la familia.

Hoy es el día para agradecer a Dios por tantas bendiciones que a veces no vemos por las prisas con las que vivimos la vida: la comida en la mesa, el techo que nos cubre, el saludo del vecino, el ladrido del perro que nos cuida, el sonido de la lluvia en los cristales, la vibración del trueno en las entrañas...

Son muchas tus bendiciones; no las dejes pasar sin prestarles atención. Disfrútalas al máximo. Todas vienen de Dios, que te sustenta.

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