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¿Eres joven o tienes juventud?

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«Hasta los jóvenes pueden cansarse y fatigarse, hasta los más fuertes llegan a caer, pero los que confían en el Señor tendrán siempre nuevas fuerzas y podrán volar como las águilas; podrán correr sin cansarse y caminar sin fatigarse». (Isaías 40: 30-31).

¿TE PARECE ESTA una pregunta absurda? Entiendo tu extrañeza al leerla, pues lo lógico es decir que quien es joven tiene juventud, y viceversa. Sin embargo, se me antoja pensar que hay una diferencia notable entre estas dos maneras de expresarlo.

La Organización de las Naciones Unidas define la juventud como la etapa que comienza a los quince años y se prolonga hasta los veinticinco. Podemos inferir con propiedad, basándonos en esto, que la juventud es un concepto cronológico, es decir, que se mide en tiempo y en años, que tiene un comienzo y un final. Quien sale de este rango de edad abandona para siempre la juventud para entrar sin retorno en la madurez. Esto tiene que ver con «tener juventud», y responde al irreversible ciclo de la vida.

«Ser joven», sin embargo, tiene que ver con la esencia personal. Es una actitud ante uno mismo y frente a los demás. Joven es quien, aunque tal vez ya no tenga juventud, aún sueña, hace planes, proyecta, aprende y enseña; encuentra la manera de disfrutar de las cosas sencillas que ofrece el día a día; se siente emocionado por vivir a pesar de las circunstancias que, tal vez la edad, pone en su camino.

Si la juventud ya abandonó tu calendario, procura conservarte joven. No cuentes tu vida en una acumulación de los años que tienes; recuerda que las hijas de Dios trascendemos más allá del tiempo. Él nos ha prometido vida eterna. La vida con Dios es un desafío, y él también puede convertirla en una aventura emocionante. Lo que ahora tienes de más no solo son años; tienes también un cúmulo de experiencias que no tiene quien vive en la juventud.

Querida amiga que ya peinas muchas canas, yérguete como «maestra del bien», enseña las mejores lecciones de tu vida, no te avergüences de tus errores, enseña cómo estos han ayudado a tu crecimiento y desarrollo cristiano. Quizá hoy alguien te llame «anciana»; si es así, no lo esquives. La ancianidad es el diploma que Dios te ha otorgado en reconocimiento a tu tenacidad, esfuerzo y valentía. Ser anciana no es una pérdida; lo que sí es una pérdida es tener juventud, pero no ser joven. Alaba a Dios por los años que te ha permitido vivir.

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