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Luz y sombra

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«Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios». (1 Pedro 4:10, RV95).

LA CURIOSIDAD me hizo entrar a un invernadero donde se cultivan toda clase de plantas de una belleza extraordinaria. No pude resistir la tentación de comprar algunas; se veían exuberantes, frondosas y floridas. ¡Qué belleza! Durante la visita del jardinero a mi casa, le pedí de favor que las plantara en el lugar que yo había previsto. Me miró un momento y, un tanto temeroso, me dijo que algunas morirían si las plantaba en el lugar que yo les había asignado. «Señora, con todo respeto, tal vez usted no sepa que algunas plantas florecen a la sombra y otras a pleno sol», me dijo. Sí, claro que yo lo sabía, pero me pareció que tal como las había dispuesto florecerían mejor. Obviamente, yo estaba equivocada. ¿Quién sabe más de plantas, un jardinero o yo?

Definitivamente el jardinero sabe cuál es el terreno propicio para que las plantas florezcan, así como si necesitan luz o sombra. Mi ignorancia y mi obstinación hicieron que varias de ellas murieran sin necesidad alguna. Esta experiencia me hizo pensar en Jesús como el jardinero divino y en nosotras como las bellas flores de su jardín. Y, por supuesto, la analogía es clara: algunas florecemos en la sombra y otras florecemos al sol. ¿Y sabes qué? Quien conoce cómo florecemos mejor es quien nos ha creado.

Algunas mujeres florecen «a la sombra», es decir, en el silencio del anonimato y realizan una labor extraordinaria; saben escuchar y consolar pasando desapercibidas para la gran mayoría de la gente, pero no para las personas a las que han logrado tocar con su presencia. Poseen una extraordinaria capacidad de discernimiento, lo que las convierte en buenas consejeras. Son prudentes y se puede confiar en sus decisiones. Y, si tenemos la fortuna de conocerlas bien, encontramos en ellas a las mejores amigas. Las que florecen «al sol» poseen talentos excepcionales, son alegres y amigables, son promotoras de bienestar y poseen una disposición de servicio que es muy natural en ellas. Son sociables y abren su corazón como los pétalos de una flor al sol.

Querida amiga, sea cual sea el grupo al que perteneces, quiero recordarte esta mañana que Dios te hizo. No fuerces tu naturaleza; permanece en el terreno para el cual fuiste creada. Recibirás el rocío del Espíritu Santo, serás nutrida por la Palabra de Dios y cuidada por la mano amorosa de Jesús.

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