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¿Quieres oír hablar a Dios?

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«La voz del Señor resuena sobre el mar; el Dios glorioso hace tronar: ¡el Señor está sobre el mar inmenso! La voz del Señor resuena con fuerza; la voz del Señor resuena imponente; la voz del Señor desgaja los cedros». (Salmo 29:3-5).

ERA UN DÍA GRIS; por lo menos yo lo veía así. Sentada a la mesa de la cocina, con una enorme tristeza, junté las manos en oración y le pedí - a Dios que me dejara escuchar su voz. Esperé y esperé y todo parecía seguir igual: silencio absoluto. Pasaron los minutos y mi tristeza se volvió enojo, por causa de la impaciencia. Dios no estuvo de acuerdo conmigo; no me dejó escuchar su voz, por más que fuera lo que yo deseaba en ese momento. Entonces di un manotazo en la mesa y me levanté para iniciar la jornada.

Fue ahí, en ese instante, cuando mi respiración quedó en suspenso. Una avecilla en mi jardín silbaba una bella melodía; la observé en silencio y miré cómo se hinchaba su pecho y cómo sus pequeños ojos se alzaban al cielo con natural devoción. Entonces escuché en esos trinos la voz de Dios diciéndome: «Si cuido de las aves, cuidaré también de ti». ¡Qué enorme consuelo! ¡Qué gran lección! «Un pájaro no canta porque tiene una respuesta, canta porque tiene una canción», escribió Maya Angelou. Tal cual. Aquel pájaro llegó a mí con una gran lección que enseñarme justo cuando yo estaba empezando a sacar una conclusión equivocada.

Sí, Dios habla, pero las turbulencias mentales y espirituales nos impiden escucharlo la mayoría de las veces. La voz de Dios no está silenciada para ti ni para mí. Es más, él anhela que le escuchemos. Cuando nos detenemos a escuchar el canto de las aves, al admirar la belleza de un cielo tachonado de estrellas, al observar cómo se abren los pétalos de una flor en el campo, podemos sentir y escuchar a Dios ratificando su amor por nosotras.

Esta mañana, guarda silencio, acalla las voces en tu mente que te apuran a comenzar las faenas cotidianas, y escucha en silencio la voz de Dios. Pero hazlo con la mente abierta, no poniendo límites al Señor, que tal vez quiera manifestarse a ti a través del canto de un ave. No esperes escucharlo a tu manera; porque no ocurrirá a tu manera, sino a la suya. No pidas, no exijas, no reclames; solo agudiza tus sentidos para que el Señor se conecte contigo y te llene de fortaleza.

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