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El perdón sana

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«Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos han hecho mal». (Lucas 11:4).

PODER PERDONAR a quienes nos han ofendido parece imposible, sobretodo cuando ha sido alguien significativo en nuestra vida quien nos ha 1 traicionado, causándonos así un dolor demasiado grande para poder describirlo con palabras. Cuando esto sucede, nos quedamos paralizadas, como siendo incapaces de entender lo que pasó y por qué pasó. Es entonces cuando nuestros bienintencionados amigos y familiares nos aconsejan perdonar a la persona que nos ha ofendido; pero eso nos sume en una desesperación aún mayor, al darnos cuenta de que no somos capaces de perdonar. Esa incapacidad de perdón hace imposible el proceso de sanación de la herida.

Diversas corrientes psicológicas proponen técnicas para perdonar en pasos fáciles, destrabando así las cadenas que nos tienen atrapadas en la ira y el resentimiento. Técnicas como, por ejemplo, trabajar el «cerebro reptiliano», que supuestamente ayuda a resolver en apenas veinte minutos ese estancamiento en el «no perdón». Yo no creo mucho en esas técnicas. Yo creo firmemente que las ofensas que alguien nos profiere son parte de nuestra existencia aquí, en este mundo imperfecto y pecaminoso; y sobre todo, creo también que Dios las permite para que aprendamos lecciones que nos lleven al crecimiento en Cristo. Nada de esto se logra en apenas veinte minutos.

El perdón es un proceso interno de la persona, y requiere humildad y mucha fuerza de voluntad, así como fe en los llamados al perdón que Dios nos hace en su Palabra. 1) La humildad nos lleva a deponer la soberbia y a reconocer que nosotras también somos imperfectas, capaces de ofender en palabra y por obra (como, en efecto, ofendemos). 2) La voluntad es esa fuerza que emana de Dios para ayudarnos a dejar atrás el rencor y el enojo que sentimos hacia alguien por algo que nos hizo. ¿Qué sería de nosotras sin ese don del Cielo? 3) La fe, por su parte, es lo que nos empuja a pensar: «Si tú, Señor, me dices que debo perdonar, en tu nombre, lo hago; tú sabes los porqués y yo confió en ti».

Si alguien ha lastimado tu corazón, destrozado tus sueños o pisoteado tu dignidad, entra en el santuario de la oración. Ahí, de rodillas, es cuando inicia el proceso de sanación; cuando la paz de Dios cubre tus enojos y los hace desaparecer. El perdón no es algo que das a alguien porque lo merece; es un don que recibes tú, de parte de Dios.

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