Regresar

El sufrimiento permanente es opcional

Play/Pause Stop
«El Señor está cerca, para salvar a los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza». (Salmo 34:18).

EL DOLOR ES la respuesta natural de todo ser humano frente a una pérdida. Sin embargo, cuando el dolor puntual se trasforma en un sufrimiento permanente, ya sea por decisión propia, por incapacidad de ver más allá o como resultado de no habernos permitido experimentar el duelo, nos estacionamos en ese estado, victimizándonos y lacerando nuestro ser. Si bien el primer dolor puntual es inevitable; el sufrimiento permanente es opcional.

Los expertos aseguran que el dolor puntual que generan ciertas situaciones de la vida es inevitable, pero el sufrimiento permanente es opcional. En el dolor crecemos, aprendemos y cambiamos nuestra debilidad por fortaleza y, solamente el hecho de darnos cuenta de esa transformación de nuestro ser, debiera producir en nuestro interior cierto modo de gozo.

Cuando sentimos un dolor puntual, nuestro ser interior gime: «Señor, por favor, ayúdame a pasar esta prueba». Y el Señor nos ayuda. Cuando experimentamos un sufrimiento permanente, nuestra voz interior grita: «¡¿Por qué, Señor, permites que me pase esto a mí?!». Pero Dios no es el causante del sufrimiento permanente del ser humano. Fue nuestra elección separarnos de los planes que él tenía para nosotros, y creo que, en su bondad y a pesar de nuestra decisión, nos acompaña, fortalece y guía en medio del dolor, para hacernos crecer.

Tú que lees esta reflexión, al igual que yo, te sientes vulnerable, débil y, muchas veces, desesperanzada ante las pruebas. Por eso quiero recordarte las maravillosas promesas que Dios tiene para nosotras, sus hijas. ¿No sientes a Dios? «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu» (Sal. 34:18, RV95). No bases tu relación con Dios en tus emociones; básala en la certeza intelectual de que él está a tu lado, aunque tal vez no lo sientas.

Conozco por experiencia lo que es pasar una noche en vela, llorando sin consuelo por algo o por alguien. Cuando esto sucede, la promesa de Dios nos dice: «Por la noche durará el lloro y a la mañana vendrá la alegría» (Sal. 30:5, RV95).

La mañana eterna está a las puertas, cuando el llanto cesará para siempre y los agravios se fundirán en el olvido. Si el dolor ahora mismo está haciendo presa de tu corazón, reclama las promesas divinas, toma fuerza y no claudiques. Dios está contigo.

Matutina para Android