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Alabanza a la mujer ejemplar: es como la nave del mercader

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«Mujer ejemplar no es fácil hallarla [...]. Cual, si fuera un barco mercante, trae de muy lejos sus provisiones». (Proverbios 31:10, 14).

LOS PRIMEROS barcos mercantes se construyeron alrededor del siglo III a. C. No solo navegaban el río Nilo, allá en Egipto, sino que también osaban adentrarse en mar abierto para acceder a los puertos de otros países y sus mercados. Estos barcos estaban construidos de madera de cedro, pino, encino y ciprés, pues tenían que resistir grandes travesías, a veces en medio de tempestades, con el objetivo de transportar provisiones y mercancías como frutas, verduras, carnes y especias a ciudades lejanas.

He aquí que el autor de Proverbios, el sabio Salomón, hace una analogía entre un barco mercante y una mujer ejemplar. Interesante, ¿no crees? El barco mercante desafía las aguas tempestuosas, a fin de alcanzar su propósito de llevar provisión a quienes lo necesitan; la mujer ejemplar desafía las tempestuosas circunstancias del mar de la vida, a fin de proveer para los suyos.

Ahora mismo puedo imaginar a esa sencilla mujer que se traslada cada mañana desde su hogar, muy distante del lugar donde trabaja, para ganarse el pan. Haga frío o haga calor, allí está ella, como la nave del mercader; permanece empacando víveres en una tienda de comestibles, con el propósito de conseguir unas cuantas monedas, que con gran regocijo lleva a su hogar al terminar la jornada.

Las manos de la mujer ejemplar se mueven con presteza, mientras su mente diseña estrategias, maneras y formas para que el sustento de la familia esté garantizado. En la prosperidad y en la adversidad, ella confía en el proveedor divino, y pone todo su empeño en las tareas que la vida le impone. Evita el ocio y el despilfarro, y se desempeña como buena administradora de los bienes que posee, ya sean pocos o muchos.

En medio de un mar de pesares, problemas y circunstancias adversas, esta mujer virtuosa puede «navegar» segura, sabiendo que Dios lleva el timón de su embarcación. Ella confía en sus promesas, reconociendo que nada le faltará y que proveerá satisfaciendo generosamente para sus necesidades, aunque no siempre para sus deseos.

Hoy, al comenzar el día, entrega el timón de tu embarcación a Dios. Solo así tu familia y tú llegarán a puerto seguro, y te convertirás en ese tipo de mujer que la Palabra inspirada alaba y presenta como ideal femenino para el Señor.

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