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Alabanza a la mujer ejemplar: se reviste de fuerza y dignidad

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«Mujer ejemplar no es fácil hallarla; ¡vale más que las piedras preciosas! [...] Se reviste de fuerza y dignidad, y el día de mañana no le preocupa». (Proverbios 31:10, 25).

PUEDO IMAGINÁRMELA caminando a hurtadillas, tratando de pasar desapercibida en medio de la multitud, y puedo imaginar también a las 1 personas tratando de evitar encontrarse con ella. Iba físicamente débil en extremo, por causa de la hemorragia que padecía desde hacía doce años; y por si eso fuera poco, la acompañaba una sensación de miseria personal. Para aquella mujer, en esa condición, era lógico pensar que vivía en aislamiento y en un profundo abandono. Debemos recordar que, en la época de Jesús, durante el periodo menstrual las mujeres debían estar separadas, o a solas, pues quien las tocara sería considerado inmundo ritualmente.

Avergonzada, sintiéndose inadecuada e indigna, el único anhelo de aquella mujer era tener un encuentro con Jesús. Cuando pudo tocar su manto, el milagro más extraordinario se manifestó en ella: cesó el flujo de sangre, se llenó de fuerza, levantó su cabeza y recuperó su dignidad. ¡Qué maravillosa historia! Puede ser que tú, al igual que esta mujer, por las circunstancias que sean, te sientas sin fuerza y con tu dignidad perdida u opacada. Pueden ser muchas las experiencias pasadas que te han arrebatado las ganas de vivir, y te han hecho sentir inadecuada, menoscabada y humillada en tu condición de hija de Dios. Debes saber que hay esperanza. ¿Por qué? Porque en el pasado, una mano débil tocó apenas el borde del manto de Jesús y recibió sanidad, restauración y salvación. La última esperanza de aquella mujer era él y la respuesta fue extraordinaria.

Tal vez tú te encuentres en una situación similar: algo de tu pasado ensombrece tu presente, alguien te arrebató tu dignidad, y te sientes sin fuerzas y sin valor. Hoy es día de restauración. El pasará por tu camino; tú solo tienes que extender tu mano y, con los ojos de la fe, tocar su manto, tomar su mano, aceptar su perdón y reclinar tu cabeza en su regazo. Nada de tu pasado, de tu presente o de tu porvenir te puede apartar del amor de Dios y privarte de ser su hija amada.

Querida amiga, sal del escondite de tu indignidad, suelta las cadenas de tu vergüenza y recibe sin preguntas la sanación que Dios promete a todos aquellos que depositan su vida en él.

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