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La Biblia, ¿un libro pasado de moda?

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«Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra». (2 Timoteo 3:16-17, RV95).

ABRÍ LA CAJONERA de mi habitación de hotel y allí estaba. También A la encontré sobre mi almohada del hospital, en vísperas de una operación quirúrgica a la que me iba a someter. En muchas cárceles del mundo la ponen al alcance de los reclusos, a fin de darles, a través de su lectura, un nuevo propósito en la vida y una nueva visión de la esperanza y de las relaciones humanas. Sin embargo, para mucha gente es un mero adorno y, cuando quieren leer libros que les ayuden a ver la vida con otros ojos, recurren a textos más modernos, de autoayuda.

¿Es acaso la Biblia un libro pasado de moda, obsoleto, carente de valor, arcaico y rancio, cuyos mensajes no sirven de utilidad a las personas que vivimos en esta sociedad posmoderna? En nuestro deseo de formar a las nuevas generaciones con valores y principios, ¿a qué otro texto podríamos recurrir? ¿Cómo serán nuestros niños hombres y mujeres de principios en el futuro, si los dejamos a la deriva, sin un texto fundamental en el cual basar sus más profundas convicciones? ¿Es acaso la pluma de filósofos, psicólogos, estudiosos y científicos, la que debe marcar la senda del ser humano?

Respondo con la voz del profeta, que se levanta diciendo: «¡Bendito el hombre que confía en Jehová, cuya confianza está puesta en Jehová!» (Jer. 17:7, RV95). ¿No es acaso la Biblia la que nos presenta cómo es Jehová, dándonos así motivos para confiar en él al ver cómo ha actuado en el pasado, como nos ama, y qué planes tiene para nosotros?

Madres, maestras, hermanas, abuelas, convirtámonos en sembradoras de la semilla del evangelio, poniendo al alcance de nuestros niños y jóvenes la Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras, para que recurran a ellas en su descubrimiento progresivo de quién es Dios, qué es la vida y cómo tiene sentido vivirla. No permitamos que lecturas contrarias a la voluntad de Dios llenen nuestros libreros y nuestras bibliotecas, convirtiéndose en el referente que tengan nuestros hijos. Procuremos que, al irse a dormir, nuestros niños y jóvenes sean arrullados por las dulces promesas de Dios, y que al levantarse sepan con claridad por dónde caminar, hasta que los llevemos a las puertas mismas del cielo.

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