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Cuando el mundo gira en torno a ti

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«Revestíos de humildad, porque “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”». (1 Pedro 5:5, RV95).

HACE ALGÚN TIEMPO me diagnosticaron una enfermedad que afecta a mi sentido del equilibrio. La verdad, confieso que nunca había imaginado anteriormente que acciones tan cotidianas como caminar con seguridad en mis propios pasos, realizar ciertos movimientos sencillos, o mirar hacia arriba, hacia abajo y a los lados fueran funciones físicas tan vitales. Creo que nunca había agradecido a Dios por ellas hasta ese momento en que, sufriendo como sufría crisis de vértigo, supliqué, rogué y clamé a Dios con mucha vehemencia para que me restaurara aquel don tan maravilloso que antes tenía. Un problema de equilibrio es incapacitante, pues te inhabilita para realizar las actividades más sencillas de la vida cotidiana; los ojos se pierden, no reconocen la posición de los objetos, el cerebro se confunde y la persona entra en estado de shock.

A pesar de todo, aquella experiencia fue una buena escuela, que me dejó mucho aprendizaje. Entre otras cosas vitales, tomé conciencia de mi finitud al comprender que cada respiración de mis pulmones y cada latido de mi corazón son una bendición, por la cual pocas veces había agradecido al Señor. Solo cuando mi profunda indefensión me imposibilitó siquiera dar un paso por mí misma fue que pude doblegar mi soberbia y mi autosuficiencia, y reconocer la necesidad que tengo de los demás. Pude darme cuenta entonces de que necesito recibir el cuidado de otros y dejar de creer que me es posible hacerlo todo sin ayuda.

La soberbia es una altivez que nos hace sentirnos superiores a los demás, y que nos lleva a despreciar la ayuda y el cuidado que necesitamos y que solo se encuentran en la mano generosa que se extiende para ofrecer apoyo. Cuando tomamos conciencia de nuestra propia finitud, somos capaces de mirar al cielo y reconocer humildemente que cada respiración que damos viene de nuestro Creador; por otro lado, la autosuficiencia disfuncional nos convence de que por nosotras mismas somos capaces de suplir nuestras necesidades, prescindiendo del prójimo.

Oremos pidiendo al Señor que nos transforme, de tal manera que comprendamos que nada podemos hacer sin él y que podamos también considerar a los demás como necesarios. La razón está clara: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (1 Ped. 5:5, RV95).

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