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Atrapen las zorras pequeñas

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«Atrapen las zorras, las zorras pequeñas que arruinan nuestros viñedos, nuestros viñedos en flor». (Cantares 2:15).

EL PEDIDO MANIFESTADO en esta expresión bíblica es enfático y preciso. Se hace énfasis en las «zorras pequeñas». ¿Por qué no en las grandes? Al fin y al cabo, uno creería que las zorras de mayor tamaño hacen más daño. Sin embargo, la orden se refiere claramente a las zorras pequeñas. De acuerdo con algunas referencias bibliográficas, parece que era grande el daño que las zorras pequeñas hacían a los viñedos del pueblo de Israel, pues iban directas a la raíz de la vid y acababan con ella, dejándola sin opción de florecer y producir frutos. Un pequeño acto dejaba consecuencias terribles.

Hay muchas cosas que en principio nos parecen «pequeñas» pero que, sin que nos demos cuenta, se van transformando en grandes males. Por ejemplo, un pequeño mal pensamiento puede convertirse en un hábito destructivo, y ese pequeño hábito puede llegar a ser con el tiempo un estilo de vida que nos lleve a la enfermedad o a la degradación moral. Por ejemplo, responder a una mirada poco franca y maliciosa de parte de un varón creyendo que es un pequeño juego inocente puede convertirse con el paso de los días en una caída moral tan grave como la fornicación o la infidelidad. Por ejemplo, una pequeña palabra dicha con rudeza, y que surge de una ofuscación momentánea, puede causar resentimiento, rencor y separación entre dos personas; o un pequeño y aparentemente inocente acto puede traer culpa, alejamiento de Dios y vergüenza, y acabar con el sentido de valor personal de quien lo comete.

Las zorras pequeñas siempre rondarán tu viñedo, sobre todo cuando esté a punto de dar frutos. Siempre serás acechada por la parte más vulnerable de tu personalidad, esa parte que solo tú y Dios conocen. Por eso es tan necesario que estés alerta, con los sentidos bien disciplinados, para que puedas oler, mirar, escuchar y tocar lo que conviene para tu preservación eterna, y con la mirada puesta en Cristo, autor y consumador de tu fe.

Permite que Dios se haga cargo de tu viñedo, porque solo él sabe qué es lo que le causa verdadero daño. A veces él podará los rasgos de tu personalidad que no te dejan florecer, y para ello, la prueba y el dolor tendrán que alcanzarte. Pero lo cierto es que siempre te enviará el sol de justicia y la lluvia divina, que refrescará tu alma y te hará florecer y dar frutos abundantes que le honren.

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