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Esto es el amor: Perdonar

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«No tomen venganza ustedes mismos, sino dejen que Dios sea quien castigue». (Romanos 12:19).

TODAS, EN ALGÚN momento, al ser objeto de una ofensa, hemos sido aconsejadas por terceros a perdonar al ofensor. Sabemos que perdonar es un principio cristiano que debemos poner en práctica, pero no es sencillo hacerlo. Perdonar es un proceso que toma tiempo; requiere recursos espirituales y emocionales, mucho valor y reflexión no solo sobre lo sucedido, sino sobre la vida y la salvación.

Para muchas personas, quedarse estancados en la ofensa es más cómodo que echar mano de los recursos que hagan falta para dejar ir el rencor y el resentimiento con valentía y mirando hacia el futuro de ambas partes. Quedarnos en la ofensa es una manera de seguir siendo rehenes permanentes del dolor causado por una traición o un daño puntuales. Significa hacer responsable al ofensor del sufrimiento propio; significa decidir cada día quedarnos estancadas en la victimización. Nadie, aparte de nosotras mismas, puede encadenarnos a la autodestrucción generada por la ofensa. ¿Será sabio eso? Siendo que la falta de perdón esclaviza, cierra el flujo de la felicidad y nos impide ser libres, ¿tendrá sentido tomar la decisión de no perdonar?

Quizá desde tu perspectiva, el ofensor no merece perdón, y te satisface hacérselo saber con reclamos, desprecios, malos tratos e insultos, sin darte cuenta de que el castigo o la penitencia que crees infligir es en realidad un autocastigo y una penitencia que pagarás en tu propia vida.

El perdón es una donación de amor; del amor recibido de parte de Dios, quien, siendo nosotros aún pecadores, no solo nos perdonó, sino que se entregó a sí mismo a una muerte ignominiosa en la cruz, castigo reservado para malhechores y criminales. Perdonar no es justificar la ofensa ni pasarla por alto; tampoco significa abrir la puerta a ser ofendidas en el futuro por la misma persona. Se puede perdonar y a la vez poner límites saludables que protejan tu integridad y tu condición de hija de Dios.

Cuando perdonamos, llega la paz; y lo hace en tres dimensiones: 1) paz con Dios, 2) paz contigo misma y 3) paz con el ofensor. Esperar hasta que te ofrezcan una disculpa es tiempo perdido, pues quizá nunca llegue y, mientras esperas, tu crecimiento personal se estanca. ¿Por qué impedirte a ti misma voluntariamente disfrutar del gozo de vivir sin rencor?

Sea nuestra oración: «Perdónanos el mal que hemos hecho, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han hecho mal» (Mat. 6:12).

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