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Amigos o enemigos, esa es la cuestión

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«Cualquiera que decide ser amigo del mundo, se vuelve enemigo de Dios». (Santiago 4:4).

ME TOCÓ VIVIR un tiempo muy difícil en mi país de origen cuando se desató una guerra civil. Era triste ver a los ciudadanos de una YI misma nación mirarse unos a otros como enemigos, despreciando la opción más lógica y sabia de verse como hermanos. Caminar por las calles de mi ciudad se volvió de pronto complicado; una no sabía cómo hacer para no verse involucrada con algunas de las facciones en conflicto. La posición neutral tampoco parecía ser una opción. ¿Cómo se mantiene una neutral en el día a día? El texto de hoy no visualiza la neutralidad como una opción: o decides ser amiga de Dios, o te vuelves su enemiga. Punto final. Estamos hablando, por supuesto, de la gran guerra entre el bien y el mal que se libra en el campo de batalla de nuestro mundo.

No podemos camuflar nuestro cristianismo para que, a conveniencia, no se nos note. No podemos a la vez recoger y desparramar. Nuestra posición debe ser decidida y clara. En este asunto no se valen las medias tintas; es tiempo de mostrar de parte de quién estamos.

Los requerimientos de Dios no se relativizan y tampoco se acomodan a nuestras expectativas. Es tiempo de vestir la armadura del cristiano y de enarbolar el estandarte de la verdad. Esto comienza desde el momento en que tomamos cuidado de la forma en la que hablamos y nos comportamos frente a una sociedad que yergue el pecado como un valor. Es necesario que nuestra conducta, tanto pública como privada, sea digna de una hija de Dios.

No cedamos a la tentación convirtiéndonos en tropezadero para las mujeres que nos observan; esto es pecado. El Señor advierte: «Imposible es que no vengan tropiezos; pero ¡ay de aquel por quien vienen! Mejor le fuera que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos» (Luc. 17:1-2, RV95).

Hoy, al salir a tus actividades, ponte frente al espejo de tu realidad interior y pregúntate honestamente: «Mis palabras, mi conducta, mi ropa y mi estado de ánimo, ¿son dignos de una hija de Dios?». No salgas al mundo sin sentirte aprobada por él. Si dudas, arrodíllate y con humildad suplica perdón y fortaleza para no abandonar las filas de su ejército y pelear la buena batalla de la fe.

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