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Hagamos de nuestro hogar un pedazo de cielo en la tierra

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«El Señor vigila a justos y a malvados, y odia con toda su alma a los que aman la violencia». (Salmo 11:5).

MILLONES DE MUJERES, hombres, niñas y niños en todo el mundo son víctimas de abuso y violencia en sus hogares. La violencia entodas sus formas (sexual, física y psicológica) es un atentado a la dignidad humana, la cual ostentamos por haber sido hechos a imagen del Creador. Nadie puede agredir a otro considerando que tiene derechos sobre él, porque ningún hijo es propiedad de sus padres, así como tampoco lo son las esposas de sus maridos. La propiedad de todo ser humano le pertenece exclusivamente a Dios, que es su creador y redentor. Es su deseo que cada una de sus criaturas viva dignamente como corresponde a alguien por quien el cielo pagó un alto precio: la vida de Cristo Jesús.

Por otro lado, el que abusa comete pecado, porque la violencia es producto de un espíritu no santificado que necesita ser sometido y subyugado a la voluntad de Dios. El que arremete contra otro, usando la fuerza física o la fuerza de las palabras para lastimar, herir y lacerar no solo el cuerpo, sino también el espíritu y los sentimientos de su prójimo más cercano, necesita experimentar un nuevo nacimiento que solo es posible si se humilla delante del Señor y reconoce que necesita una transformación total.

Los padres, las madres, las esposas y los esposos como líderes del hogar que tienen el deseo de gobernar sus hogares de acuerdo al plan de Dios deben buscar en oración la dirección divina y permitir que sea el Espíritu Santo el que moldee su liderazgo y los haga sabios para preparar a su familia para el reino de los cielos.

El consejo inspirado dice: «La justicia tiene un hermano gemelo que es el amor. Estrechen sus manos el amor y la justicia en todo vuestro trato, y con seguridad tendréis la ayuda de Dios para cooperar con vuestros esfuerzos. El Señor, su generoso Redentor, quiere bendecirlos y darles su mente, su gracia y su salvación para que ustedes tengan un carácter que Dios pueda aprobar.

»La autoridad de los padres debiera ser absoluta. Sin embargo, no ha de abusarse de este poder. El padre no debiera ser gobernado por el capricho al dirigir a sus hijos, sino por la norma de la Biblia. Cuando permite que rijan sus propios ásperos rasgos de carácter, se convierte en un déspota» (Conducción del niño, cap. 45, p. 269).

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