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Ármate de valor

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«Dios es el que me reviste de poder y quien hace perfecto mi camino». (Salmo 18:32, R195).

ARMARSE DE VALOR frente a la adversidad es un desafío tremendo, aun para aquellos que hacen gala de fortaleza. Esto es lo que los expertos llaman «resiliencia». No te dejes asustar por esta palabra tan rara, simplemente se refiere a esa capacidad que tenemos de soportar con entereza las dificultades propias de la existencia humana sin que estas nos quiebran y nos venzan para siempre.

«Pues yo no soy una persona resiliente», tal vez estás pensando. Si es así, tengo una buena noticia para ti: los expertos aseguran que la resiliencia es una capacidad que podemos desarrollar. Claro que en cierto modo depende de nuestro temperamento, que es heredado, pero en ella también juegan un papel fundamental nuestras creencias y nuestra fuerza de voluntad.

Ser resilientes va mucho más allá de la mera capacidad humana innata o aprendida. Es más que simplemente mirar el lado positivo de las cosas, ejercitando el control mental y manejando las emociones con inteligencia. Ser resilientes es más que desarrollar la confianza en una misma. Sí, estas son condiciones indispensables para salir airosas cuando la prueba nos abate, pero la mujer cristiana tiene una resiliencia que va mucho más allá de esto. Nuestra resiliencia tiene que ver con Juan 15:5: «Separados de mí nada podéis hacer».

En el caso de la mujer cristiana, las materias básicas, insustituibles e indispensables para ser resilientes son la fe y la confianza en Dios, creador y sustentador de la naturaleza humana. Armarse de valor ante la adversidad es posible cuando apoyas tu debilidad en la fuerza de Dios, así como cuando reconoces que él tiene el control del universo del cual tú formas parte y que no hay nada que te ocurra que no sea por su voluntad, con un propósito. Esta es la terapia divina para contener la ansiedad, el miedo y la incertidumbre. Es el modelo que nos dejó Jesús, cuando en medio del dolor expresó: «Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (Mat. 26:42, RV95).

Mujer, no temas si hoy el dolor aguijona tu corazón, tu alma y tu cuerpo. Dios te sostiene. Recarga tu pesar en su hombro, pon tu tristeza en su regazo y camina en sus huellas; aunque no sepas a dónde te llevarán, no olvides que él tiene el control.

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