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No soy nada y lo soy todo

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«A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece». (Filipenses 4:13).

ALGUNAS RAMAS modernas de la psicología sostienen que el poder personal se genera en nuestro interior; que lo único que necesitamos para sentirnos fuertes es enviarnos a nosotros mismos mensajes positivos, con frases como: «Tú puedes hacerlo» o «Vamos, que la fuerza está en ti». Si bien es cierto que la actitud con la que enfrentamos los desafíos del día a día tiene mucho que ver con la forma como pensamos y nos sentimos, esta teoría queda incompleta, por cuanto no reconoce a Dios como el hacedor tanto de lo que hay en nuestro interior como de la capacidad de realizarlo. «Pues Dios, según su bondadosa determinación, es quien hace nacer en ustedes los buenos deseos y quien los ayuda a llevarlos a cabo» (Fil. 2:13).

La escritora y conferencista cristiana Joyce Meyer describe con exactitud lo que acabo de plantear, con las siguientes palabras: «¡No soy nada y, sin embargo, lo soy todo! Con mis propias fuerzas no soy nada, pero en Jesucristo soy todo lo que necesito ser». El poder personal es la capacidad interna que nos provee tranquilidad, asertividad y ánimo en medio de la crisis. Es un conjunto de habilidades que podemos desarrollar al máximo cuando, por fe, nos aferramos a Dios y le pedimos aliento y fortaleza. Él es el proveedor de ese poder.

Las hijas de Dios sabemos que los mensajes que nos enviamos a nosotras mismas tipo «tú puedes hacerlo» se quedan cortos si no añadimos a continuación: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:13). Él es quien hace surgir dentro de nosotras las actitudes y las decisiones correctas cuando, en medio de las crisis, no sabemos qué hacer. Él es quien nos lleva a confiar, a creer y a esperar humildemente en sus promesas. El es quien nos enseña a deponer nuestra soberbia para someternos a su voluntad y esperar en el tiempo de Dios, que no se adelanta ni se retrasa, sino que llega en el momento preciso y oportuno. Sus tiempos son perfectos, así como él es perfecto.

Las crisis que enfrentamos son y seguirán siendo siempre inevitables, por cuanto vivimos en este mundo lleno de pecado; pero la forma en que las afrontemos es una decisión personal. Esa decisión personal, para la mujer cristiana, parte de un mensaje que debe repetirse a sí misma cada mañana: «A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece» (Fil. 4:13).

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