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El complejo de inferioridad

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«No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú». (Isaías 43:1, RV95).

EN EL ÁMBITO de la psicología se conoce como complejo de inferioridad a la pérdida del sentido de valor personal, de la autoestima, del aprecio por uno mismo que se presenta con intensos sentimientos de fracaso, desánimo, apatía y desagrado por lo que se es, acompañados de desprecio por la vida. La persona que padece un complejo de inferioridad está constantemente comparándose con otros y llegando a la conclusión, vez tras vez, de que no está a la altura de esos con los que se compara. Se siente menos, se siente incapaz de hacer lo que, a su entender, los demás sí pueden hacer.

Esta condición de pérdida de amor propio y sensación de indefensión comenzó con la entrada del pecado en el mundo, y es desde aquel tiempo hasta hoy que soslayamos esta verdad. Intentamos sin éxito recuperarlo con estrategias humanas que, a todas luces, han resultado ineficaces, puesto que cada vez es más común este complejo.

La búsqueda de valía personal es algo interno. Hay quienes creen que se puede alcanzar con fuerza de voluntad, o gracias a las fuerzas astrales o al disfrute de placeres sin restricciones; pero ni estas ni ninguna otra de las recetas humanas para recuperar la identidad y el valor personal dan resultado. A pesar del sinfín de recomendaciones que existen, la epidemia del complejo de inferioridad continúa invadiendo el corazón del ser humano y, muy especialmente, el de la mujer.

En el complejo de inferioridad, todos somos víctimas y a la vez cómplices. Los niños crecen sintiéndose menospreciados por sus padres porque sienten que no dan la talla de lo que se espera de ellos; a su vez, esos mismos niños denigran a otros niños. Los jóvenes quieren llegar a ser individuos de valor imitando estereotipos que la mercadotecnia exalta como modelos a seguir; pero son imposibles de alcanzar porque no son reales. Los adultos buscan sentirse valiosos comprando y poseyendo bienes materiales; no obstante, al darse cuenta de que estos son efímeros, ya se sienten demasiado atrapados en la loca carrera del consumismo, que finalmente agota las fuerzas vitales.

La solución, aunque sencilla y espléndida, es despreciada por muchos. La solución está en el cielo, pero no en los astros. Está en el Creador del universo, que te creó con un propósito, con sentido, con esencia; fuimos creados semejantes a Dios.

Recuerda este día y siempre que el Señor, a cada paso que das y sin importar las circunstancias, te dice: «Te puse nombre, mía eres tú» (Isa. 43:1, RV95).

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