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Identidad, esperanza y orientación – 1a parte

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«Es Dios quien nos ha hecho; él nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, siguiendo el camino que él nos había preparado de antemano». (Efesios 2:10).

HACE ALGUNOS MESES escuché a un pastor decir desde el púlpitoque la mayor necesidad de nuestros jóvenes en este tiempo es que tengan en su desarrollo personal bien definida su identidad, que vivan con esperanza y que tengan orientación genuina de una sociedad adulta responsable. Me pareció muy interesante, y quiero analizar contigo estos tres conceptos.

La identidad es lo que define a una persona: sus características físicas, emocionales, espirituales e intelectuales. Estas se manifiestan desde los primeros años de vida. El sentido de identidad se aprende a través de lo que sentimos que somos, y esto, a su vez, es aprendido a través de los mensajes que nos envían otras personas, especialmente los adultos significativos de nuestra vida. Así es como nos reconocemos como ese alguien diferente y único que en realidad somos.

Las jovencitas, al llegar a la adolescencia, buscan con vehemencia saber quiénes son. En una sociedad donde se yerguen como modelos estereotipos que distorsionan la esencia de criaturas creadas a la imagen de Dios, esta tarea se vuelve confusa, pues la mercadotecnia ensalza, en algunos casos, la seducción, cierto tipo de belleza corporal y la habituación a un estilo de vida donde el derroche o los excesos parecen ser la máxima para que una mujer disfrute de su paso por este mundo. Esto dificulta grandemente que lleguen a tener un sentido sano de su identidad.

Ante una crisis de identidad, se experimentan dudas acerca de lo que una es y de los propósitos de su vida. Es urgente que las madres acompañemos a nuestras hijas en este proceso de búsqueda, modelando frente a ellas el gozo y la felicidad de ser una mujer creada a la imagen de Dios. Las expresiones de aprecio, el consejo oportuno y el trato respetuoso por su feminidad deben recordarle a cada momento su origen.

Querida amiga, somos hijas de Dios, creadas en forma singular, especial y única; es importante que las jóvenes tengan el recordatorio cotidiano de su origen y de su destino final, de manera que, mientras peregrinan por este mundo contaminado, sin titubeos caminen con propósitos bien definidos y con valores que les sirvan de mapa para la realización personal en esta tierra y para trascender hasta la eternidad.

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