Regresar

Como un pájaro solitario en el tejado

Play/Pause Stop
«No duermo. Soy como un pájaro solitario en el tejado». (Salmo 102:7).

EL HÁBITAT natural de las aves son los lugares rodeados de vegetación.

Acostumbran hacer sus nidos en las ramas de los árboles, donde crían a sus familias y se protegen de los depredadores y las inclemencias del tiempo. Cuando el salmista se compara a sí mismo con un pájaro solitario, lejos de sus crías, de su pareja y de su nido, está diciendo que se encuentra sumergido en la más absoluta soledad. Lo que se retrata en este Salmo es la soledad que envuelve al alma, al corazón y a la mente cuando se ha sufrido una pérdida significativa, como la muerte de un ser querido o el destierro, dejando lo que forma parte vital de la existencia. Cuando esto sucede, se experimenta una sensación de nostalgia y melancolía, se escapa el sueño y un nudo en la garganta impide comer. Frente a este cuadro desolador y oscuro, solo la presencia de Dios puede traer luz. Lo vemos en el final esperanzado del mismo Salmo 102: «Pero tú eres el mismo; [...] los hijos de tus siervos habitarán seguros y su descendencia será establecida delante de ti» (vers. 27-28, RV95).

Cuando nos asaltan la nostalgia y la melancolía, es bueno llorar en el regazo del Padre celestial; él ofrece consuelo. En ese sentido, la soledad puede ser una aliada para entablar una relación con el Creador, confortante y enriquecedora. ¿Te has sentido alguna vez así? Las pérdidas son inevitables, resultado de la separación entre el ser humano y el Creador, pero él no nos ha dejado solas; prometió estar a nuestro lado y lo cumplirá. Aférrate a sus promesas, que son nuevas cada mañana.

Allí estábamos, frente a frente. Me relataba lo duro que fue ver apagarse la luz de la vida en los ojos de su hijito de apenas doce años. En sus palabras no había desesperación, solo lágrimas que secaba con manos temblorosas. La miré a los ojos y le pregunté cómo lograba estar tan serena. Me miró como incrédula, como pensando: «Si tú dices ser una hija de Dios, ¿por qué me preguntas eso?». Pero no lo dijo; solo levantó su dedo índice y sus ojos al cielo; así respondió mi pregunta. Luego se levantó, me beso en la mejilla y se alejó en silencio. Caminó unos pasos, volteó a mirarme y susurró: «Es la paz de Dios».

Esa paz de Dios también te puede alcanzar y consolar a ti; solo tienes que pedirla en oración.

Matutina para Android