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Juntas, pero no revueltas

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«Llénenme de alegría viviendo todos en armonía, unidos por un mismo amor, por un mismo espíritu y por un mismo propósito. No hagan nada por rivalidad o por orgullo, sino con humildad, y que cada uno considere a los demás como mejores que él mismo». (Filipenses 2:2-3).

HAY UN DICHO POPULAR que reza: «La peor enemiga de una mujer es otra mujer». Parece ser que la convivencia entre las mujeres no goza de mucho prestigio, incluso entre nosotras mismas. Es difícil entender que personas que fueron creadas por Dios con la misma naturaleza se comporten con falta de sensibilidad y de empatía ante sus iguales. La naturaleza femenina, tal vez, podría ser extraña y un poco difícil de comprender para los varones, pero entre nosotras no debiera haber una brecha de separación; en todo caso, si la hubiera, debería ser mínima, basada en la individualidad que posee todo ser humano, y que lo hace único.

La convivencia es inevitable, pues es una necesidad humana, pero hay maneras y maneras de convivir. La buena convivencia se logra a través del diálogo y el respeto a las diferencias. Algunas razones por las cuales resulta complicado desarrollar una convivencia armónica entre mujeres son las siguientes: obstinación en las ideas personales sin aceptar las ajenas; envidia y celos cuando la actuación de otras nos hace sentir inferiores; competencia constante por ser las mejores madres, esposas, novias, amigas, etcétera.

Tolerancia, flexibilidad, comprensión y simpatía son algunas de las virtudes que debemos cultivar para tener relaciones armoniosas entre nosotras, unidas en el mismo espíritu, aunque haya desacuerdos. También se requiere la aceptación de las diferencias individuales, saber callar cuando sea oportuno y hablar en el momento adecuado. Por otra parte, los celos y la envidia no tienen que ver con la otra persona, tienen que ver con una misma; trabájate para que no te dominen tus sentimientos de inferioridad.

Mi querida hermana, evitemos los dramas por desacuerdos irrelevantes; deshagámonos de la crítica y la doble cara siendo sinceras y honestas. La iglesia necesita mujeres que como un solo equipo pugnen por la paz y la buena convivencia. Estemos dispuestas a trabajar por Cristo, ocupando nuestro lugar con alegría y aceptando con beneplácito a las personas que forman parte de la tarea encomendada por Dios.

¡Cristo viene! Es tiempo de trabajar unidas.

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