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¿Somos un mal necesario?

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«Cuiden mucho su comportamiento. No vivan neciamente, sino con sabiduría». (Efesios 5:15).

EURÍPIDES, un escritor griego nacido alrededor del año 480 a. C., expresó el siguiente pensamiento: «Deberían los hombres buscar otra manera de engendrar a la prole sin sexo femenino, y así no sufriría mal alguno el varón». Su intención era dar a entender que la mujer era la causante y la única responsable directa de las acciones equivocadas de un hombre. Abiertamente despreciaba a una parte de la creación de Dios; de esa misma creación sobre la que Dios dijo: «Es bueno en gran manera». Interesante cómo tildó a la mujer de «mal necesario»; al menos hasta que los hombres encontraran una manera de procrear sin ella. ¿Será verdad que somos un mal necesario?

Las mujeres fuimos hechas con propósitos santos y debiéramos cuidarnos de no ser tropezadero para nadie. La convivencia social entre hombres y mujeres es inevitable y, al mismo tiempo, deseable, pues Dios nos creó a ambos para que juntos crezcamos. En la convivencia nos complementamos y nos ayudamos a crecer, si es que tenemos la actitud que permite que esto sea posible.

La prudencia, la delicadeza, la cortesía y el respeto debieran ser los parámetros que usemos siempre en nuestra relación con los varones. Dice la pluma inspirada: «Con corazón angustiado escribo que en esta época las mujeres, casadas y solteras, con demasiada frecuencia no conservan la conducta apropiada. Coqueteando, estimulan las atenciones de hombres solteros y casados y los que son moralmente débiles quedan seducidos. Al tolerar estas cosas, se amortiguan los sentidos morales y se ciega el entendimiento de manera que el delito no parece pecaminoso. Se despiertan pensamientos que no se habrían despertado si la mujer hubiera conservado su lugar con toda modestia y seriedad. Puede ser que ella misma no tuvo propósito o motivo ilícito, pero estimuló a hombres que son tentados, y que necesitan toda la ayuda que puedan obtener de quienes los traten. Si ellas se hubieran mantenido circunspectas y reservadas y si, en vez de permitirse libertades y recibir atenciones injustificables, hubieran tenido un alto tono moral y una dignidad apropiada, podría haberse evitado mucho mal» (El hogar cristiano, cap. 55, pp. 319-320).

Las mujeres, casadas o solteras, somos parte de la maravillosa creación de Dios y así debemos entenderlo, sentirlo y vivirlo. No estropeemos nuestra dignidad cometiendo actos aparentemente inocentes, pero que pueden llegar a provocar destrucción, caos y duelo. Seamos cautelosas, no traspasemos los límites de la pureza.

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