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Y vivieron felices para siempre

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«El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor [...]. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». (1 Corintios 13:4-5, 7, RV95).

«Y VIVIERON FELICES para siempre». Esta frase de final de cuento era mi favorita cuando la maestra nos contaba el relato de la bodaentre el príncipe y la princesa. Con los años, supe que no todos los príncipes y princesas eran felices para siempre. Más tarde, al contraer matrimonio y formar una familia, me di cuenta de que la novia no siempre era una princesa, y tampoco el novio, un príncipe. Desperté del cuento, pero no a un final trágico sino a una visión más equilibrada de lo que es realmente el matrimonio.

El matrimonio, esa institución sagrada que Dios creó para la felicidad humana, es un estado del que muchos desean salir (y al que muchos nunca desean entrar). Las uniones libres, los encuentros casuales y ocasionales intentan tomar el lugar de una institución santa, que estará vigente hasta que Cristo venga y formemos parte de la familia del cielo. ¿Cómo lograr que cuando decimos «para siempre» sea realmente para siempre?

Leemos en las Creencias de los Adventistas del Séptimo Día: «El matrimonio fue establecido por Dios en el Edén y confirmado por Jesús, para que fuera una unión para toda la vida entre un hombre y una mujer en amante compañerismo» (p. 330). El matrimonio, de acuerdo al ideal de Dios, no solo implica que la pareja viva unida toda la vida, sino que gocen de un feliz compañerismo. Para lograrlo, se necesita entrega, voluntad, dominio propio y un amor que se renueve cada día y se manifieste expresamente. Además, hace falta:

• Comprensión. Esta se pone a prueba en las diferencias de manera de pensar y sentir. Significa tener una actitud que alivie la tensión provocada por un desacuerdo. Tolerancia. No es sinónimo de permisividad. Tolerar es simpatizar y empatizar respetuosamente con el otro, permitiéndole expresar lo que siente, sin negarlo.

• Aceptación. Es tener una actitud de acogimiento, ser capaz de aprobar al otro aun en medio de los desacuerdos.

• Perdón. Es un don que solo Dios nos puede dar. Implica perdonar las ofensas y disculpar los errores del otro, así como Dios perdona los nuestros.

Con la ayuda de Dios y voluntad decidida, es posible vivir «felices para siempre».

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