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Hazte responsable de tus propios actos

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«Estoy convencido de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!». (Romanos 8:38-39).

DURANTE LA INFANCIA, ella había sufrido abusos por parte de un familiar. Al cumplir diez años, su madre se fue a trabajar a otro país y la dejó al cuidado de su abuela. Al llegar a la adolescencia, destapó su enojo contra el mundo. Su abuela, cansada de su rebeldía, la entregó en custodia a un centro de rehabilitación para jovencitas con problemas conductuales. Cuando cumplió dieciocho años, estuvo libre en las calles. Fue cuando creyó que por fin podría vivir como deseaba. Hacía de vez en cuando pequeños trabajos para conseguir comida y un lugar donde dormir. La libertad que disfrutaba pronto se convirtió en una cárcel.

Deseaba el abrazo cariñoso de una amiga, la compañía de su madre ausente, y llenar el vacío de su corazón con amor verdadero y sin fingimiento. En esos días, alguien puso en sus manos un libro que hablaba del desafío de las flores silvestres, las cuales deben florecer en todo terreno, aun en el más inhóspito. Se reconoció a sí misma en esas páginas y comenzó a florecer en el terreno donde estaba plantada. Su dolor del pasado fue visto como experiencias aleccionadoras. Dejó de buscar amor y comenzó a darlo al débil, al triste, al sufriente y al desvalido. El libertinaje era ahora indeseable para ella, y comenzó a ser libre en Cristo.

Amiga, el plan de Dios para ti fue, es y será cumplido en la manera en que se lo permitas. Solo tú puedes torcer los planes que Dios tiene para ti; no es posible que nadie más lo haga. Responsabilízate de tus actos, no culpes a los demás de lo desagradable de tu vida y recuerda: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada?». No, nada.

Haz tuya esta maravillosa promesa. Hoy estás en el camino; aún falta para llegar al hogar. Dios es tu compañero de viaje y, cuando las piedras en la senda te hagan caer, él te sostendrá y te ayudará a continuar hasta que llegues.

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