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Con el amor a cuestas – 1a parte

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«Le llevaban niñitos a Jesús, para que los tocara». (Lucas 18:15).

ES FRECUENTE VER, en las esquinas de las ciudades del interior de México, a madres indígenas con sus pequeños a cuestas. Siempre me impresiona como los bebés pasan largo tiempo a la espalda de sus mamás, a las que poco ven cara a cara; pero en ese contacto cuerpo a cuerpo sienten el calor materno alimentando sus cuerpecitos y también sus emociones. Estas madres no suelen acudir a los consultorios pediátricos, aunque sus pequeños estén expuestos a las inclemencias del tiempo y a la contaminación ambiental. Se les ve saludables y pocas veces se los oye llorar. ¿Será que el contacto físico con la madre les provee no solo calor, sino también salud?

Los expertos creen que el contacto íntimo tan frecuente con la madre eleva el sistema de defensas del organismo, y por eso estos niños sufren con menos frecuencia las enfermedades típicas de los infantes. Yo no tengo duda de que el contacto físico positivo es generador de salud tanto física como emocional.

Algunos estudios al respecto han confirmado que el toque físico positivo, expresado en caricias, es una necesidad humana básica. También se ha observado que, en el reino animal, las madres acarician a sus cachorros, por lo visto, no solo los humanos tenemos la capacidad de amar. Siendo que las caricias positivas están catalogadas como una necesidad básica, los seres humanos nunca dejamos de prescindir de ellas. Los bebés, los niños, los jóvenes, los adultos, los ancianos, los hombres y las mujeres, todos, necesitamos recibir toques buenos para vivir saludablemente.

Los efectos de las caricias repercuten en la personalidad a corto, medio y largo plazo. Quien recibe caricias recibe amor, aceptación y cuidados. Incluso estas repercuten también en la adaptación social necesaria para relacionarnos con otros apropiadamente.

En un relato maravilloso de las Escrituras, vemos a las madres trayendo a sus pequeños a Jesús para que él los tocara. También ahora, él anhela tocarte a ti y así llenar los vacíos de tu alma, porque eres su hija amada.

Dios es el mejor proveedor de caricias y afecto. Su toque puede darte nueva vida y salud, como ocurrió con la mujer que tocó su manto. Aunque el contacto humano sea escaso en tu vida, fúndete en un intenso abrazo con Jesús, y todas tus carencias emocionales serán satisfechas.

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