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Solo es cuestión de complementarse

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«Revístanse de sentimientos de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Sopórtense unos a otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro». (Colosenses 3:12-13).

CUANDO EL HOMBRE y la mujer salieron de la mente de Dios, transformados en dos seres humanos perfectos, poseían destellos de la naturaleza divina. Ambos eran sus hijos muy amados, lo que los hacía iguales ante los ojos del Creador. Este concepto de igualdad debía también permear la relación entre ellos; es decir, debían tener una convivencia basada en la aceptación mutua por su condición de hijos de Dios. Dicho trato garantizaría la felicidad del hombre y la mujer. Sin embargo, dentro de esa igualdad había aspectos físicos, emocionales, espirituales e intelectuales que ponían al hombre y a la mujer dos sellos diferentes y particulares.

Podríamos decir que el hombre y la mujer son iguales porque ambos son hijos de Dios creados a su semejanza, pero cada uno tiene una naturaleza propia y distintiva que los hace diferentes entre sí. Comprender esto y aceptarlo hace posible que tanto los varones como las damas actúen sobre su entorno con libertad, originalidad y creatividad.

No fue capricho de Dios crearnos diferentes y además pedirnos que vivamos en armonía. Lo hizo para proveernos bienestar, felicidad y prosperidad en una relación en la que nos complementamos. Esto quiere decir que, aunque las funciones y responsabilidades de los varones y las damas sean diferentes, promueven el bien común; bien aprovechadas y en equilibrio, proveen armonía e integración. La Biblia ratifica este concepto cuando expresa a través del apóstol Pablo: «Por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, ya que, al unirse a Cristo en el bautismo, han quedado revestidos de Cristo. Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo. Y si son de Cristo, entonces son descendientes de Abraham y herederos de las promesas que Dios le hizo» (Gál. 3:28, RV95).

La complementariedad hace posible la comunión, la convivencia, la concordia y el acuerdo en medio de las diferencias de opinión. Cuando Cristo reina en el corazón, es cuando podemos vivir en perfecta paz y armonía con el otro. Por eso la prioridad, siempre y cada día, debe ser buscar a Cristo a través de la lectura de las Sagradas Escrituras y de la oración. Esas son las herramientas que nos darán una visión equilibrada de las relaciones interpersonales entre hombres y mujeres.

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