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Razones para casarse

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«Ama a la sabiduría, no la abandones y ella te dará su protección». (Proverbios 4:6).

ELLA ERA HERMOSA. Tomé sus manos y le ofrecí mi compañía mientras lloraba. Tenía un deseo obsesivo por contraer matrimonio. Se sentía «vieja» (fueron sus palabras), se describía como poco atractiva y, al ver los años pasar sin que llegara el «príncipe azul», su desesperanza crecía.

Hay razones válidas para casarse, pero nada tienen que ver con la edad ni con las exigencias del entorno cultural. Los hombres y las mujeres deben contraer matrimonio en una relación cimentada en un amor incondicional. Es lo que los debe llevar a hacer un voto matrimonial, que implica estar juntos hasta que la muerte los separe.

Debemos ir al matrimonio cuando tengamos la suficiente madurez para aceptar que esta unión implica sacrificios y entrega de voluntades; solo podremos llegar a este punto si amamos profundamente al que será nuestro cónyuge. Si lo hacemos por presión social, sin que medie el amor como aval, las probabilidades de fracasar son altas. Y, como dice Elena G. de White: «El matrimonio afecta la vida ulterior en este mundo y en el venidero» (Mensajes para los jóvenes, sección 15, p. 308). La mujer que toma la decisión de casarse debe estar dispuesta a ser ayuda idónea de un hombre cuya devoción a Dios sea prioridad en su vida, y así servir al Señor juntos.

La premura por vivir la sexualidad, pensando que en el matrimonio están permitidos todos los excesos, es una razón equivocada para casarse. Una vez que han pasado las primeras emociones de la luna de miel, son muchas las mujeres casadas que ya no disfrutan dicho aspecto de la vida matrimonial. Los impulsos sexuales no son la mejor guía para tomar la decisión de ir al matrimonio. Muchas mujeres «se ven obligadas a una vida de dificultades, dolores y sufrimientos a causa de los deseos irrefrenables de los hombres que llevan el nombre de esposos, pero que con más justicia podrían llamarse “brutos”. [...] Más de una mujer ha visto ultrajada su delicadeza y tierna sensibilidad porque la relación del matrimonio permitió al que ella llamaba esposo que la tratara brutalmente. Descubrió que su amor era de tan baja calidad que llegaba a sentir rechazo hacia él» (ibíd., sección 15, pp. 326-327).

Querida señorita, te hago una invitación para que disfrutes tu soltería y encuentres todos los días tu razón de vivir en compañía del único que nunca te fallará: Cristo Jesús.

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