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Matrimonios fracturados

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«Busquemos la manera de ayudarnos unos a otros a tener más amor y a hacer el bien». (Hebreos 10:24).

DESPUÉS DE treinta y cinco años de matrimonio, comenzaron a darse cuenta de que la relación matrimonial se había sostenido mayormente gracias a la presencia de sus dos hijos. Ahora que sus hijos eran adultos, cada uno hacía su propia vida lejos del otro, y construían su independencia. De pronto, ambos se miraron con sorpresa, reconociendo en la mirada del otro que eran dos auténticos desconocidos.

Las fracturas en la relación se fueron dando casi de manera imperceptible, poco a poco, sin grandes desacuerdos ni conflictos imposibles de resolver. Simplemente el tiempo los llevó a la monotonía; la monotonía, a la indiferencia; la indiferencia, a la ausencia de expresiones de afecto; y la falta de expresiones de afecto provocó un desapego y la consiguiente muerte del amor. Cuando se vinieron a dar cuenta, no había nada entre ellos. Así suceden a veces las fracturas matrimoniales; ninguno de los dos lo desea, lo anticipa o siquiera lo sospecha, pero el amor va directo a una muerte lenta y sin dolor.

Querida amiga, la intimidad en el matrimonio debe ser atendida cotidianamente y bajo cualquier circunstancia. En muchos matrimonios, la intimidad se sustenta solo en la expresión sexual, pero lo cierto es que esta se disfruta realmente solo cuando se cultivan todos los demás aspectos de la vida matrimonial también: actos sencillos mediante los cuales los cónyuges se unen íntimamente; palabras de bondad y honestidad; dar lo que el otro no espera recibir; ofrecernos para satisfacer necesidades de nuestro cónyuge...

La ternura, la sensibilidad y la capacidad de dar afecto son los rasgos más distintivos de la mujer. Dios busca tener intimidad y cercanía con sus hijos; su ejemplo debe ser una inspiración que nos mueva emocionalmente a ofrecer cuidado y cercanía a nuestro esposo. Esto solo será posible si estamos dispuestas a abrir nuestro corazón y a disfrutar de una estrecha relación con Jesús.

El mundo necesita mujeres que abran sus brazos y su corazón, y que ministren en favor de sus esposos. Un matrimonio fracturado puede ser reparado con tu delicadeza de mujer y con la convicción de que estás haciendo lo mejor por tu esposo y para tu hogar. Dios es quien gana esa batalla por ti.

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