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¿Confrontar o afrontar?

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«La sabiduría habita en mentes que razonan, pero entre los necios es desconocida». (Proverbios 14:33).

HAY GENTE QUE es combativa: le gusta la confrontación. Al más mínimo choque con la opinión o la acción de alguien, se ponen al ataque, van al choque, buscan el careo, la lucha, la pelea, la contienda. Usan este recurso esperando con él poder resolver desacuerdos y desavenencias; difícilmente conducirá a un final deseado. La confrontación produce lucha y, en la lucha, cada bando vela por salir vencedor, sin miramientos; poco interés hay en que triunfe la verdad, en que se aprenda una lección o en que mejore la comunicación. En estos casos, la razón se nubla y el enojo, la violencia y la ira pasan a ocupar el asiento del conductor. La confrontación no es una buena opción.

Por el contrario, el afrontamiento, si lo es. Afrontar tiene que ver con hacer un esfuerzo consciente para resolver un desacuerdo o una dificultad con una persona. Afrontar es darse cuenta del problema y tratarlo de una manera madura, prudente y realista, para llegar a un acuerdo y a una solución, no para tener la razón y seguir cada uno por su camino. La mesura, la prudencia, la consciencia de lo que está sucediendo, acompañan a la persona que afronta las situaciones sin confrontar a las personas. Con esa táctica, raramente sale alguien lastimado.

En el hogar, con la familia, así como en la iglesia con nuestros hermanos y amigos, pueden surgir situaciones que nos lleven a estar en desacuerdo; siempre tenemos una elección que hacer: confrontar a una persona o afrontar un problema (con la persona). La madurez cristiana debe llevarnos a escoger lo segundo; no obstante, a veces, en la pura reacción, con ánimo rápido, sin razonamiento objetivo, ¡explotamos! El Señor nos dice: «Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra prometida» (Mat. 5:5); pero cuán difícil es serlo en ocasiones.

¿Cuáles son tus actitudes frente a las situaciones estresantes? ¿Qué es lo que Dios espera que hagas? ¿Hay coherencia entre ambas? ¿Posees el suficiente sentido común como para contener tu malestar e impedir que tu ira corra como un río de lava?

Muchos hijos aprenden a ser rebeldes por la conducta de una madre beligerante; algunos matrimonios terminan por un exceso de confrontaciones; muchas relaciones en la iglesia acaban por la intrepidez de una lengua que se mueve para hablar sin control. Querida hermana, Dios nos llama a ser pacificadoras. Cuando tengas un desacuerdo con alguien, afronta las diferencias con amor cristiano.

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