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Los años dorados – 1a parte

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«Joven fui y he envejecido, y no he visto justo desamparado ni a su descendencia que mendigue pan». (Salmo 37:25, RV95).

HOY HABLAREMOS de una de las etapas de la vida de la mujer que muchos denominan con cierto desdén como «la edad madura». Durante esa etapa, muchos solo pueden ver en las mujeres arrugas, canas y cierto aire de sufrimiento por las cargas de la vida. Sin embargo, paradójicamente, en lo que se aplica a los hombres maduros, se dice que poseen un atractivo especial y un encanto que los hace más varoniles. Misma edad, pero distintos comentarios acerca de esa realidad. Así es el ser humano: contradictorio. Ahora, en lo que respecta a ti, querida amiga, e independientemente de lo que digan o piensen los demás, ¿cómo estás enfocando esta etapa de la vida?

Hay mujeres que viven esta etapa como los mejores y más productivos años de su vida. Yo he llamado a este tiempo de la vida «los años dorados», apoyada en la idea de que en este periodo las mujeres poseemos un tesoro precioso que es la experiencia acumulada, y que nos hace no solo hermosas sino también sabias. Este tesoro acumulado es digno de ser compartido con las jóvenes que vienen atrás. También da muestra de nuestro progreso y desarrollo personal.

Si has pasado hace rato los cincuenta años de edad, no te conformes con que te llamen premenopáusica, menopáusica o posmenopáusica. Lo que para muchos es sinónimo de vejez e improductividad, para ti puede ser la mejor etapa para convertirte en una nueva mujer en Cristo. No te sientas fuera del juego de la vida, ni te envuelvas en una mortaja de desánimo e inactividad. Este tiempo puede ser tan rico y productivo como te lo propongas con la ayuda de Dios y el uso adecuado de tus capacidades.

El Señor dice en su Palabra: «Joven fui y he envejecido, y no he visto justo desamparado ni a su descendencia que mendigue pan» (Sal. 37:25, RV95). El atractivo de una mujer no viene determinado por su edad, sino por la actitud que asume ante los desafíos que encuentra en el camino; por el carácter que ha logrado desarrollar; por la forma en que se relaciona con los demás; por la fuerza y la fe que desprende su presencia.

Recuerda: cada etapa de la vida es una bendición y posee una singular belleza. Haz en ella algo que valga realmente la pena.

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