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Por qué las aves ya no cantan

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«Sabemos que hasta ahora la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores de parto». (Romanos 8:22).

HACE CERCA DE veinte años que llegamos a vivir a nuestro actual domicilio. Uno de los placeres más sublimes que disfruté al llegar a este lugar era el cantar de cientos de pajarillos cada mañana y cada atardecer; por cierto, escuchar el canto de uno de ellos cuando aún no despuntaba el día era mi parte favorita. Aquella ave comenzaba con una melodía corta y sutil, apenas audible para quienes estábamos despiertos a esa hora. A medida que el día clareaba, su canto iba en aumento poco a poco; al mostrarse el sol en el horizonte en todo su esplendor, su canto aumentaba en tonalidades, subía el volumen y sus plumas flotaban en su pecho como saludando a Dios y a la naturaleza. Los años pasaron y su canto se extinguió; los árboles solitarios parecen llorar su ausencia, sobre todo en las tardes lluviosas de verano. Yo todavía lo echo de menos.

Es la triste condición de nuestro planeta. Las aves ya no cantan, los peces mueren en los océanos sin que nadie los salve, las plantas son sepultadas en las grietas de la tierra seca y los seres humanos parecemos indiferentes a esta realidad tan cruel. Los ecologistas y los naturalistas hacen alarmantes declaraciones: el planeta tierra agoniza y le quedan pocos años de vida tal como lo conocemos. ¿Qué hemos hecho con el gozo de Dios cuando vio en su creación que todo era bueno en gran manera? Sabemos que, finalmente, todo esto acabará con la intervención divina, porque el amor inconmensurable de Dios por sus hijos lo empuja a actuar en nuestro favor.

Hermana, no te estoy diciendo que salgas a la calle con una pancarta ecologista; lo que quiero es invitarte a reflexionar en lo que estamos haciendo con la responsabilidad de cuidar de este planeta. La tierra «sufre como una mujer con dolores de parto»; a pesar de esto, aún hay destellos de la hermosa creación de Dios: las plantas dan hermosas flores y los árboles ricos frutos, los animales crían a sus cachorros con amor y, aunque los polos lloran derritiendo la nieve, sabemos que Dios está al control.

Pongamos a nuestros hijos en contacto con la creación de Dios y enseñémosles cómo cuidarla. Pronto Jesús vendrá y hará nuevas todas las cosas, pero, mientras permanecemos aquí, cuidemos nuestra gran casa: el planeta Tierra.

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