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La luz de este mundo

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«Ustedes son la luz de este mundo». (Mateo 5:14).

UNA DE LAS FUENTES más importantes de energía es la luz. Nada es visible al ojo humano en ausencia de esta. La luz penetra y disuelve la oscuridad, y también sostiene la vida en el planeta Tierra. Sin la luz, toda vida dejaría de existir.

El 13 de julio de 1977, un terrible apagón sumió a la ciudad de Nueva York en la oscuridad, lo que desencadenó feroces oleadas de saqueos y atracos. Las pérdidas totales se calculan en unos tres mil millones de dólares. No pudo llegar en un peor momento para la ciudad, que estaba sumida en una grave crisis financiera y de desempleo, casi abocada a la bancarrota. El apagón afectó a otros siete estados del país y a importantes ciudades de Canadá, como Toronto. Dejó paralizada a la ciudad más activa del mundo, en donde residen los principales mercados mundiales, durante veinticinco horas. Si un apagón de luz artificial causó tal devastación en tantos aspectos, ¿imaginas lo que causaría la falta de luz natural?

Desde un punto de vista moral, en este mundo la oscuridad parece reinar en todos los ámbitos de la vida. En medio de las tinieblas espirituales, se erigen portavoces que prometen iluminar la oscuridad reinante a través de nuevas filosofías e ideas novedosas, que al final resultan ser un fiasco. El Señor, conocedor de la condición humana en los últimos días, nos pide que seamos luz en medio de las tinieblas reinantes. Tú puedes ser una luz en las manos de Dios. Tú puedes iluminar el lugar donde estás, si te aseguras de estar en contacto con la verdadera fuente de la luz: Dios.

Deja de copiar los patrones conductuales de la oscuridad, como la queja, el pesimismo o el victimismo; acepta con valor el llamado a ser luz del mundo, sin excusas y sin miedos infundados. ¿Cómo se hace esto? Basando tu vida en los principios y valores de la Palabra de Dios, que te fundamentan en la verdad eterna que es Cristo Jesús. Viviendo así, tu presencia despertará las conciencias adormecidas de los conformistas y levantará la antorcha de la verdad, comenzando por tu hogar y hasta lo último de la tierra.

Se cuenta que el filósofo griego Diógenes deambulaba una vez por las calles de Atenas con una lámpara encendida en pleno día. Cuando le preguntaron la razón de aquella extravagancia, contestó: «Busco a un hombre». Yo lo adapto para ti: «Dios busca a una mujer, y esa eres tú».

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