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La reina de la familia

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«Cuando el rey toma asiento en el tribunal, le basta una sola mirada para barrer el mal». (Proverbios 20:8).

CUANDO PIENSO QUE soy hija de Dios, me siento halagada; el orgullo de serlo se despierta en mí y deseo vivir de tal modo que merezca dicho elogio. Deseo agradar a mi Padre celestial. Pero tal condición no solo me hace responsable ante el Rey, Cristo Jesús, sino también ante el pueblo de Dios al completo.

Elena G. de White escribe: «Al rey en su trono no incumbe una obra superior a la de la madre. Ella es la reina de su familia. A ella le toca modelar el carácter de sus hijos, a fin de que sean idóneos para la vida superior e inmortal [...]. Si ella comprende el alto carácter de su tarea, le inspirará valor. Cerciórese del valor de su obra y vístase de toda la armadura de Dios a fin de resistir a la tentación de conformarse con la norma del mundo. Ella trabaja para este tiempo y para la eternidad» (El hogar cristiano, cap. 38, p. 224).

Si eres reina, es obvio que tienes súbditos. El versículo de hoy dice que cuando tomas asiento en el tribunal te basta una sola mirada para barrer el mal. Esta ilustración nos habla de una tarea que las amas de casa realizamos todos los días con una escoba y en la que somos expertas. Sabemos que un buen barrido incluye rincones oscuros, debajo de los muebles, y llega hasta los más recónditos espacios donde se acumula la basura. Con una sola mirada nos damos cuenta dónde no ha pasado la escoba.

Dios nos invita a barrer el mal que se acumula sutilmente en las rendijas de la vida en familia y que traemos a casa en los pies como resultado de caminar por un mundo contaminado. La basura del mundo llega a nuestra casa encubierta en libros, música, ideas y estilos de comportamiento, y la hacemos parte de la familia sin percatarnos de que es un foco de contaminación.

La higiene espiritual y la emocional son tan importantes como la higiene física, el aseo y la limpieza de la casa. Seamos reinas con la escoba en la mano y, sin titubeos ni temor, barramos y arrasemos con todo lo malo y lo que tenga apariencia de mal. Mientras lo haces, procura que la corona permanezca bien puesta en tus sienes, para que, al hablar, lo hagas como una hija de Dios.

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