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¿Para qué nos ha escogido?

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«El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza». (Gálatas 5:22-23).

COMO DECÍAMOS ayer, Dios nos ha escogido para que llevemos fruto. La encomienda es clara: «Os he puesto para que vayáis y llevéis fruto» (Juan 15:16, RV95). El llamado de Dios implica acción: ir y llevar. Estos dos verbos son la clave de nuestro llamado. No podemos estar ociosas, pues tenemos una misión bien definida que cumplir, sin importar cuán sencilla o pequeña nos parezca; sin importar incluso que no nos sintamos preparadas para ella. Dios es quien nos prepara.

¿A dónde hemos de ir? En Marcos 16:15 vemos la respuesta: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (RV95). De eso se trata. Tal vez tú te preguntarás: «¿Cómo voy a ir yo por todo el mundo? ¡Eso es imposible!». Pero sí te es posible ir por «tu mundo», tu entorno, tu esfera de influencia, el lugar donde Dios te ha puesto. Desde ahí puedes cambiar muchas cosas.

Cuida a tus hijos, pon en orden tu casa, lidera a un grupo de mujeres que necesitan tu ayuda, relaciónate con tus vecinos...; ejerce tu ministerio. El punto de partida es buscar al Señor cada día, para que produzca primero en ti esos frutos que quiere cosechar en otros a través de tu influencia. Pide al Señor que el Espíritu produzca en ti «amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús, ya han crucificado la naturaleza del hombre pecador junto con sus pasiones y malos deseos. Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe» (Gál. 5:22-25).

Ahí está la clave para ser fructíferas y productivas. No seamos como la higuera que se secó a la orilla del camino (ver Marcos 11:13-14). Es tiempo de dar frutos, y la única manera efectiva de hacerlo es permaneciendo unidas a Cristo, la vid verdadera. Permanecer en él hará que nuestro quehacer cotidiano y rutinario se transforme en algo trascendental para el bien de otros y para el nuestro propio.

La tarea para la que hemos sido escogidas requiere que permanezcamos en Cristo, siendo receptoras del poder del Espíritu Santo.

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