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Caminando con Dios

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«Oh Señor, enséñame tu camino, para que yo lo siga fielmente. Haz que mi corazón honre tu nombre». (Salmo 86:11).

CAMINAR JUNTO a otra persona no resulta tan sencillo en algunas ocasiones. Mi experiencia al respecto me hace recordar las caminatas que solía hacer con mi padre; ¡qué complicado era seguir su paso! Me resultaba tremendamente agotador ir a su lado, pues caminaba demasiado deprisa; y con frecuencia tenía que pedirle que aminorara la marcha para poder descansar y tomarme un respiro. También recuerdo que de vez en cuando tenía que echarme a correr a su lado para no quedarme demasiado atrás, sobre todo cuando caminábamos entre muchas personas y yo tenía miedo a perderlo.

¡Cuán grande es la diferencia cuando decidimos caminar con Jesús! Él, a pesar de ser tan superior a nosotros, decidió «caminar a nuestro paso» en el sentido de entender nuestros ritmos, nuestra situación, y estar pacientemente a nuestro lado. Jesús se transforma en nuestro compañero y va junto a nosotras, a nuestro ritmo; si a pesar de eso nos sentimos cansadas, él nos ofrece su regazo para proveernos descanso hasta que estemos listas para continuar la marcha. ¡Qué maravilloso es nuestro Señor!

Con Jesús, podemos caminar serenamente, pues tenemos la convicción de que nunca nos abandonará. Jesús siempre hará un alto en el camino para esperarnos, aunque en ocasiones seamos nosotras las que decidamos abandonarlo para ir en pos de otras cosas que nos atraen. Con un cariño inmenso, nos sigue esperando.

Con Jesús, nuestros pasos son firmes y seguros. Él conoce el camino que tenemos por delante, pues él mismo lo recorrió con sus propios pies rumbo al Calvario. La senda puede tornarse, a nuestro parecer, abrupta, peligrosa o equivocada, pero de lo que no debemos tener duda es de que al final del camino podremos alabar y glorificar su nombre.

Con Jesús, debemos caminar constantemente, sin desistir, perseverando; podemos detener la marcha para tomar decisiones y buscar en oración las señales del camino, pero nunca abandonarlo.

Con Jesús, debemos caminar confiadamente, porque su mayor anhelo es llevarnos a casa sanas y salvas. En la Biblia, leemos: «Porque por fe andamos, no por vista» (2 Cor. 5:7, RV95). Esa fe es la clave de todo.

Hoy, examina la senda de tus pies y asegúrate de ir acompañada de Jesús; solo así tu senda será ligera.

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