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Economía doméstica

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«Dios puede darles a ustedes con abundancia toda clase de bendiciones, para que tengan siempre todo lo necesario y además les sobre para ayudar en toda clase de buenas obras». (2 Corintios 9:8).

ME REMONTO A LOS AÑOS de mi educación secundaria y recuerdo haber cursado una materia llamada Economía doméstica. En ella, se abordaban temas como el ahorro, el manejo de las finanzas en el hogar y las técnicas para realizar compras inteligentes. Por supuesto, en el currículum educativo actual esta temática no aparece y, más aún, es ignorada.

A muchas administradoras de las finanzas familiares les haría bien tomar esta clase, pues la queja frecuente es: «El dinero no alcanza, el costo de la vida va siempre al alza y los gastos se multiplican, ¿cómo llego a fin de mes?». Es una realidad que el consumismo es avasallador. El mercado pone frente a nuestros ojos ofertas que no son ofertas y oportunidades de compra que no son realmente oportunidades; son solo trampas de la mercadotecnia para empujarnos a comprar.

La administración del dinero familiar es un gran desafío y un gran compromiso para las amas de casa, pues cada moneda que está en nuestra cartera proviene del infinito proveedor: Jesús. La pobreza y la riqueza son, en muchos sentidos, conceptos subjetivos. No es rico el que tiene más dinero ni pobre el que carece de él; esto lo define, más bien, el uso que hagamos de lo poco o lo mucho que poseemos.

Dios espera que seamos siervas fieles en este aspecto de la vida familiar que es la administración de los recursos. Usemos el dinero con sensatez, tomando conciencia de que solo somos mayordomos de los bienes que Dios nos ha confiado. Los diezmos y las ofrendas enriquecen a quien las otorga con un corazón alegre, en lo material y en lo espiritual. Él ha prometido que todas nuestras necesidades serán suplidas; el salmo del pastor lo confirma: «Jehová es mi pastor, nada me faltará» (Sal. 23:1, RV95).

Dios está interesado en nuestra prosperidad en todos los aspectos de la vida, incluido el financiero. La única condición es que mostremos fidelidad e invirtamos el dinero cubriendo las necesidades familiares, sin despilfarros ni derroches innecesarios.

Hoy, al salir a realizar tus compras, abre tu cartera, agradece en oración por lo que hay en ella, sea poco o mucho, y confía en la provisión de Dios.

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