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¿QUÉ TE PASA?

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"Cuando Dios oyó al niño sollozar, el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: ¿Qué te pasa, Agar? No temas, pues Dios ha escuchado los sollozos del niño. Levántate y tómalo de la mano, que yo haré de él una gran nación” (Gén. 21:17, 18, NVI).

El desierto era árido. Ella era un personaje secundario, muchas veces sin voz; esclava de la casa, pero también de las circunstancias.

Conociendo el comienzo de su historia, quizá podríamos pensar que su vida estaba destinada al fracaso.

Sin embargo, Dios no olvidó ni dejó abandonada a esta mujer extranjera, privada de libertad, sin riquezas ni honra. Él se le manifestó, no una, sino dos veces. Ambas en el desierto. La primera vez Agar había huido, pero después regresó a las tiendas de Canaán y se sometió al mandato de su ama Sara, por orden de un ángel del Señor. Con el reproche, también se mezcló la consolación de la promesa de la multiplicación de su linaje (Patriarcas y profetas, p. 142).

Aproximadamente quince años después, con una hogaza de pan y un odre de agua que Abraham les entregó con pesar, Agar e Ismael salieron del "confort" de su conflictivo hogar y se internaron en el desierto yermo con rumbo incierto.

Dios había prometido que haría de Ismael una nación grande. Agar, a lo largo de los años, probablemente había visto a Dios actuar un sinnúmero de veces. Sin embargo, en ese momento Agar había abandonado a Ismael bajo un arbusto, porque no podía soportar verlo morir, como si toda esperanza estuviese perdida, como si años atrás no hubiese reconocido que Dios ve las necesidades de sus hijos aun en los lugares más recónditos del planeta. Olvidó que había nombrado un lugar como recordatorio del auxilio divino (Gén. 16:13, 14).

A veces nos encontramos en la misma situación.

Dios, en su infinita misericordia, nos hace reaccionar, nos abre los ojos y nos pregunta: "¿Qué te pasa?"

Hoy recordemos que no somos esclavos, sino hijos amados, depositarios de grandes promesas, a quienes no abandonará.

"La instrucción impartida a Abraham tocante a la santidad de la relación matrimonial debía ser una lección para todas las edades. [...] Los derechos y la felicidad de esta relación deben resguardarse cuidadosamente" (ibíd., p. 143).

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