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LA ALEGORÍA DE LOS EMOTICONOS

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“El corazón me dice: "¡Busca mi rostro! Y yo, SEÑOR, tu rostro busco" (Sal. 27:8, NVI).

Hoy en día los emoticonos son muy populares. Por medio de ellos se transmite mucho. Cuanto más conocemos a nuestros amigos, más posible nos resulta imaginárnoslos haciendo las mismas caras o expresiones que los emoticonos reflejan, y en cierta forma eso facilita la conversación y nos permite entender mejor las intenciones que los acompañan. Pero ¿cuántas veces somos conscientes de la forma en que Dios nos ve? ¿Realmente es un amigo tan cercano como para poder imaginarnos qué piensa o siente con nuestra conducta? ¿Lo conocemos lo suficiente como para identificar a qué se refiere con algunas de sus señales o mensajes?

El Dr. Jiri Moskala, en uno de sus artículos, habla acerca de la importancia de pasar tiempo con Dios para reflejarlo mejor.

Jacob, antes de encontrarse con Esaú, después de tantos años de separación, tenía miedo. Había organizado estratégicamente una secuencia de entrega de regalos para apaciguar la ira justificada de su hermano.

Luego luchó toda la noche con Dios, hasta recibir su bendición y un nombre nuevo. Fue ahí que dijo: "Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma" (Gén. 32:30).

Cuando Jacob ve que Esaú se acerca con sus hombres, se inclina hasta llegar a su hermano, pero Esaú viene corriendo, lo abraza, lo besa y lloran juntos (algo muy poco probable dadas las circunstancias y las características de su discordia).

Jacob le dice: "Si he hallado ahora gracia en tus ojos, acepta mi presente, porque he visto tu rostro, como si hubiera visto el rostro de Dios...” (Gén. 33:10).

Ahí encontramos el secreto de esa interacción tan pacífica y sanadora: cuando hemos pasado tiempo con Dios, es más fácil ver a los demás (y que nos vean) de una manera distinta.

Cuanto más lo conocemos, más fácil es imaginar qué hay detrás de sus "guiños" aparentemente incomprensibles.

Cuando hemos visto las diferentes facetas de su amor, es más fácil buscar la forma de reproducirlas.

No sé cuál es tu relación con Dios, si hay comunicación fluida o no. Tampoco sé si tuviste alguna lucha personal con él. Pero si hoy buscamos su rostro, con reverencia, sin temor, sin distracción, como nos invita a hacerlo el salmista, nuestra comunicación mejorará significativamente.

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