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LA PREGUNTA DEL ESTANQUE DE BETESDA

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"Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?” (Juan 5:6).

¿Conoces a alguien que haya acarreado cuarenta años una enfermedad? La Biblia nos habla de un hombre así; un hombre acostumbrado al dolor y a la indiferencia. Tan acostumbrado estaba, que cuando Jesús ese sábado le preguntó: “¿Quieres ser sano?," él ni siquiera expresó su voluntad. Solo presentó datos acerca de su realidad. Parecía resignado. "Sus esfuerzos perseverantes hacia su único objeto, y su ansiedad y continua desilusión, estaban agotando rápidamente el resto de su fuerza" (El Deseado de todas las gentes, p. 172).

A veces, nosotros también respondemos de memoria, demostrando un entumecimiento emocional y espiritual que no nos permite reconocer que Jesús se ha acercado para hacernos una pregunta simple pero profunda.

Contamos nuestra historia separados de lo que verdaderamente queremos y anhelamos, resignados a nuestra realidad actual, incapaces de ver a quien tenemos delante.

A veces, también nos sentimos ansiosos, desilusionados y sin fuerzas. Pero Jesús está listo para sanarnos y transformarnos.

No permitamos que nuestra vida funcione en piloto automático; que las rutinas, las costumbres y los hábitos en todos los ámbitos sean un reflejo de una parálisis similar a la que vivía este hombre.

Quizá nos hemos desconectado de nuestro anhelo de ver a Jesús volver. Quizás olvidamos que, como aquel sábado de tarde, él se acerca para hacernos la pregunta más obvia, esa que quizá no estamos listos para responder.

En esta historia, jugó un pequeño pero importante factor humano. Así como duele estirar las piernas después de un largo viaje, a este hombre anónimo le puede haber costado un poco levantarse por fe... pero lo hizo. La transformación que Jesús realiza en nuestra vida puede costar un poco, pero siempre vale la pena. Ojalá hoy depongamos nuestras excusas y pretextos empapados de dolor y resignación, de comparación con los demás, de búsqueda en vano, y respondamos afirmativamente a la pregunta de Jesús, esa pregunta que en sí misma trae libertad.

Ojalá las plantas de nuestros pies, así como las de este hombre, este sábado dejen como huella una decisión de fe.

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