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LA RUEDA GIGANTE

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"Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten" (Col. 1:17).

En los parques de diversiones, algunos prefieren las montañas rusas. Otros, los autitos chocadores. Personalmente, elijo la rueda gigante, también conocida como noria, o rueda de la fortuna. No he subido a muchas, pero siempre he disfrutado estar en su punto más alto y ver desde arriba toda la ciudad iluminada.

En una oportunidad, hice fila por largo rato para subir a la que estaba junto a un puerto muy concurrido en Chicago. Allí se había construido la primera rueda gigante del mundo, como atractivo para la Exposición Mundial de 1893. Unos años antes se había estrenado la torre Eiffel, para esa misma exposición, en París, así que el desafío era grande. Pero contó con el apoyo de ingenieros, arquitectos y demás encargados, y tuvo gran éxito.

Ahora me encontraba ante la segunda versión, que, aunque no era tan alta, resultaba muy imponente y pintoresca igual. Comencé a observarla con detenimiento, y me di cuenta de que muchas veces somos como las ruedas gigantes. Nos acostumbramos a que las cosas giren siempre en torno a un eje (muchas veces, nuestro "yo"), pasamos por altibajos, nos acostumbramos a ellos y a veces hasta queremos permanecer en ese ciclo un tanto inestable. Nos conformamos con sentir la adrenalina de la altura, aunque sea de vez en cuando

Pero, hay otro aspecto muy importante de las ruedas gigantes: sin importar su tamaño, antes de arrancar el recorrido, el encargado se acerca para corroborar que la barra de protección esté bien asegurada y dar algunas indicaciones. A veces las personas van sentadas en un asiento de a dos y otras veces van paradas en una estructura cerrada, con capacidad para varias personas. Independientemente del caso, se requiere una medida de seguridad y obediencia por parte de los viajeros para evitar riesgos innecesarios.

¡Cuán diferentes serían las cosas si recordáramos que nuestro eje debe ser Cristo; si nuestra vida girara en torno a él; si reconociéramos que tanto los puntos bajos como los altos de nuestro trayecto son momentos valiosos del recorrido y que en ambos podemos aprender formas necesarias de ver la vida! Además, Dios se acerca cada día a nosotros y nos recuerda la mejor forma de comportarnos para disfrutar del viaje.

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