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LA VOZ DEL DESIERTO

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“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29).

AI nacer Juan, quedó demostrado que su vida traería aparejadas innumerables bendiciones: su padre recobró el habla, gran parte del pueblo fue despertado y bautizado, su primo caminó por el camino que él había allanado... ¡Qué vida de servicio!

En varios países, se forman comités exclusivos para planificar la recepción de personas importantes. Se cuidan los detalles para que la llegada transcurra lo más normalmente posible, aunque sabemos que hay mucho esfuerzo, cansancio y horas extra empleadas por estas personas a cargo. Probablemente pocos entendieron la vida de Juan y todos los sacrificios que requirió su entrega como mensajero y preparador del camino para el Cordero de Dios.

Nunca se le había encomendado una obra tan grande a una persona; ni siquiera a Moisés, cuando tuvo que dirigir al pueblo de Israel. Su vida iba totalmente en contra de lo que se acostumbraba en esa época. Su dominio propio, su sencillez y su espiritualidad no tenían parangón. Por medio de su vida, sus palabras y su ejemplo, las frívolas personas de esa época debían cambiar radicalmente sus corazones y alistarse para recibir al Señor.

¡Qué desafío! En medio de la naturaleza, el silencio y el alejamiento del mundo, aprendió sobre Dios y se preparó para cumplir fiel y excelentemente su misión. Observaba a las personas y estudiaba cómo llegar a sus corazones.

Aunque Jesús era su primo, no lo conocía. Tenía que estudiar con detenimiento cuáles eran las señales de su llegada y el carácter de su ministerio. Y así lo hizo. Si bien no entendía a la perfección cada uno de los detalles sobre la vida de Jesús, tenía fe en que Dios aclararía todo.

Su voz rasgó el silencio del desierto y del adormecimiento del pecado. Sus manos quebraron la calma del agua para sumergir a quien ahora seguiría la tarea hasta el final. Por lo que sabemos, nunca más volvieron a hablar. Toda la vida de Juan apuntaba a ese momento, y culminaba allí. Ese corto cruce de frases quizá pareció distante, pero implicó una total comunión.

¿Tienes, así como Juan, claridad en cuanto al propósito por el cual fuiste creado y la tarea que te ha sido encomendada de forma personal? No tengas miedo de pasar todo el tiempo que haga falta en oración y estudio para descubrirlo. Tú también puedes allanar el camino para que pase Jesús. Seguramente él tiene en mente una forma única, especialmente diseñada para ti.

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