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UNA ESPERANZA

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"Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tito 2:13).

Wayne Hooper fue un hombre que, ante una petición inusual, pidió sabiduría inusual a Dios y en respuesta a su oración tocó la vida de miles de personas por todo el mundo con el himno que compuso hace más de 50 años para el congreso de la Asociación General de 1962.

Las declaraciones que acompañan esa melodía han hecho vibrar los corazones de todos los que se unen en el mensaje y les ha dado fuerzas para seguir creyendo y trabajando cuando las circunstancias no parecen tan alentadoras.

Además de dedicarse a la música y perfeccionarse cada vez más en ella, Wayne sirvió como pastor y por mucho tiempo formó parte del equipo de “La Voz de la Profecía”, un programa radial emitido en cientos de estaciones por todo el mundo, en más de 30 idiomas.

Wayne también formó parte, como barítono, del cuarteto Heraldos del Rey, que justamente acompañaba este programa radial.

En medio del dolor que vivía la nación después del ataque a Pearl Harbour en 1941, las voces de estos hombres se elevaron entre otras para anunciar el mensaje de salvación y el número de sus radioescuchas se triplicó en cuestión de días.

Al jubilarse, coordinó la producción del actual Himnario Adventista del Séptimo Día en inglés y de un tomo adicional con historias de 695 himnos y sus compositores. Además, compuso obras y arreglos para solos, cuartetos, coros y orquestas.

Este hombre ya falleció, pero no por eso la esperanza de la que hablaba dejó de existir, sino que es cada vez más fuerte y real.

Seguramente no se imaginó que su himno sería traducido a docenas de idiomas, cantado por miles de personas en diferentes rincones del mundo y elegido como himno lema en otros congresos.

Así como en la guerra de Pearl Harbour, nuestras voces pueden elevarse encima del desánimo que reina en el mundo y compartir la gran esperanza que tenemos, que vibra en nuestro ser.

“No tiene límite la utilidad de aquel que, poniendo el yo a un lado, da lugar a que obre el Espíritu Santo en su corazón, y vive una vida completamente consagrada a Dios” (Joyas de los testimonios, t. 3, p. 228).

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